1 minuto; 10 días de viaje en esta isla


1 minuto; 10 días de viaje. Es lo que llevo hasta ahora viviendo en una isla del Mediterráneo en invierno con la bici y la tabla.
Una isla incrreíble y salvaje con olas que nunca imaginé. Una parte de lo que será la película documental cuando termine el viaje.

Gracias a Trendsplant, Feler Sunglasses, Towanboards y Tranquini por su apoyo.
Enjoy 🙂

Días 6 y 7. La bella vita

Hoy iba en el coche con Graziela al atardecer. El sol se escondía entre los naranjos y los almendros en flor. A nuestros lados campos labrados y olivos. Las ventanas bajadas para oler el mirto y la miel. Graziela me cuenta que lo importante en la vida es conformarse y disfrutar de lo que uno tiene. Que todo lo que ocurre en la vida ocurre porque tenía que ocurrir así que solo queda disfrutar de lo que uno tiene. Vivir “la bella vita” dice. Y me quedo con la frase.

Hacía un par de días yo llegaba desolado cerca de Graziella y su familia. Eran las 18:00 de la tarde, yo había pedaleado mucho para llegar a las olas y al llegar aquello era un desaliento. No había nada ni nadie. Todo salvaje, mar por todos lados pero nada más que mar.
Hasta que toqué a Capo Camp a la puerta y me abrieron.
Llevo aquí varios días y lo único que pienso es que me va a costar mucho irme de aquí. Siempre me pasa lo mismo; cuando viajo conozco tanto a la gente con la que estoy que luego me da una pena tremenda irme. Es lo peor de viajar pero por eso es un viaje.

Marco, el hijo de Graziella, gestiona el Capo Camp. Se trata de una casa inmensa enfrente del mar donde se viene a hacer deporte. En verano uno viene aquí a aprender a surfear, montar en bici, navegar, hacer yoga, ir en piragüa y en fin, todo lo que tenga que ver con el deporte.
Ahora en invierno está cerrado pero a mí me han acogido y a las 13:00 todos los días la comida está puesta y no se puede faltar. Me dan de cenar, me llevan a casa de la tía y comemos pizza juntos.
Creo que es la primera vez en mi vida que vivo la cultura italiana tan desde dentro.

Graziella es la mítica abuela italiana de los anuncios de la televisión y yo es que casi no me puedo creer lo bueno que está cada cosa que prepara. Ella se ríe de las caras que pongo pero es que es una tradición por la cocina asombrosa la que tienen aquí y cómo se lo toman de en serio el tema de sentarse a comer.
He comido cosas como sopa de tapinambur con quinoa rodeada de burrata, habas con cebolla hervida y arroz, patatas hervidas con alcahofas y un queso que no sé ni cómo se llama, pastel de atún, un postre que se llama zipola, típico durante los carnavales de Oristano y en fin, un montón de cosas elaboradísimas típicas sardas que me han hecho ver lo importante que es para ellos comer bien. Lo de la dieta Mediterránea es esto. Eso de “cómo se come en italia”, eso que se dice cuando uno va a Venecia un fin de semana, ahora lo estoy viendo yo pero de verdad.
No le cabe a Graziella el corazón en el pecho y no sé cómo voy a agradecerles lo que están haciendo por mí.

Marco me dijo que no me preocupase que me iba a llevar a pillar olas estos días. Es una persona tranquila, con cara de bonachón y con su familia en Italia. Ellos vienen en verano pero en invierno solo viene Marco para preparar todo para la temporada.
La noche que entró el viento me llevaron a comer pizza con las amigas de grazziella, Paola su hermana y Lucia, que da unos cursos de orientación para mujeres en el camp.
En un momento me vi en una mesa de un ristorante italiano con “dj” en directo rodeado de unas diez señoras que me vacilaban en sardo y bebían birra a la vez que comían pizza.

Marco es una especie de referente del surf en la isla. Organiza campeonatos, promueve el deporte y el surf en concreto y ha acogido a surfistas de todos los lugares del mundo para venir a grabar películas y cosas así. Mientras me enseña fotos con Dave Rastovich y Chris del Moro llegamos al point.
Me quedo perplejo. No me puedo creer que con una noche de viento haya el maretón que estoy viendo. Incluso está demasiado grande donde estamos viendo para entrar con las tablas que llevamos.
Cambiamos de sitio; está lleno de olas por todos lados. Yo nerviosísimo. Hay calas orientadas al norte, playas al sur, cabos al oeste. Rompe por todos lados. Me doy cuenta de la calidad que hay en esta isla. No quiero ni pensar las olas que hay aquí cuando entre un temporal fuerte. Esto no parece el Mediterráneo, casi que me parece más un buen destino de surf que un mar tranquilo.

Surfeamos sin parar día y noche y comemos los inventos que Graziella prepara: piñones, nueces, almendras y avellanas al horno con chocolate por encima, miel y café.  Y la cosa se termina en un par de días bastante rápido.

Aun así no me dejan irme porque todavía tienen que enseñarme la “Fertiglia” los carnavales más famosos de la isla donde, resumidamente, unos cavalleros vestidos con máscaras trambólicas galopan por todo Oristano con una espada apuntada hacia el frente para, en un punto en concreto, atravesar una estrella diminuta que colocan en el aire. Si la atraviesa el público emocionado lo celebra y ese año las cosechas serán buenas. Si falla el público se entristece bastante.

Tendría que continuar con mi camino pero no puedo saber cuándo me iré de aquí. Yo ya soy uno más aquí. Agradecido a la familia de Graziella de poder conocer la cultura de una isla de esta forma.
Aprendiendo a viajar, disfrutando de la vida, viviendo la “bella vita” del Mediterráneo.

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Día 5. Camino a “Putzu idu” la mejor zona de surf de la isla

André y yo nos despedimos ayer. Antes de ir hacia caminos contrarios nos dimos cuenta de que el carnaval acababa de empezar. Y el tío que más ruido hacía de todos los que estaban era obviamente Jan Pietro.
Estuvimos un rato viendo el carnaval y finalmente nuestros caminos se sepraron. Él hacia Porto Torres, de donde yo vine, y yo hacia el sur, hacia las olas.

Estos días con André han sido un poco como padre e hijo. André, de 56 años, flaco como un palo y fuerte como el vinagre es, a parte de muy buena persona, “ski patrol” en Mont Tremblant, Canadá. Se dedica a cuidar el monte, a cuidar las pistas de esquí y a que los japoneses turistas se hagan fotos con él en la moto de nieve.
Vive en una casa en el campo con sus dos hijos. Va a trabajar corriendo o en bici y la mitad del año vive a menos 20 grados. Me ha contado que con la ayuda de una segadora ha unido un camino que se ha inventado con uno que ya hay hecho para poder llegar al trabajo campo a través.
Me lo he cruzado en bici por un motivo. Hace algo así como dos años su mujer murió de cancer. Un año después perdió a otro hijo de cancer también. Con ella había viajado en bici y por eso, al perderla, decidió emprender de nuevo este viaje. Cuando yo me lo crucé en Bosa el tío ya llevaba recorrida toda Italia de norte a sur y ahora iba de camino a Córcega a escalar con su pareja y estaba muy contento de ir hacia allá.

Con 23 años recorrió California entera, luego Europa en Tándem con su mujer, es escalador, maratoniano, padre y un personaje en toda regla. Lleva en la bici un ukelele y dos armónicas que combinamos juntos con mi flauta irlandesa.
Todo le parece bien, hablamos de todo, de cómo somos los ciclistas, de cuánto nos gusta ir en la bici y por la noche me dice que me invita a una pizza.
Por fin voy a comerme una pizza Italiana. Creo que no he visto ni un solo restaurante en la isla que diga “Ristorante” y abajo no diga “Pizzeria”. Todos, absolutamente todos, hacen pizza. Pizza por todos lados. Cada vez que me subo a la bici hay pizza, huele a pizza, las señales dicen pizza a 10km. Es como una tortura; pero no entra dentro de mi presupuesto comer pizza. Ni pizza al taglio ni pizza de ninguna manera.
Eso sí, esta vez André invita.

Nos recomiendan Sa Bischetta. Al entrar nos damos cuenta de que nuestras botas de ciclistas, mayas de lana de merino y nariz rojas no pegan mucho con la elegancia del ambiente. Parece mentira cómo se llenan los sitios en la isla. A los sardos les encanta salir; incluso en un pueblo como Bosa, de 8.000 habitantes, que a las 21:00 de la noche no tiene mucho movimiento, los restaurantes están llenos.
Sea como sea allí estamos; la simpática y elegante camarera nos coloca un precioso mantel y nos muestra una amplia sonrisa a pesar de nuestras caras quemdas de montar en bici.
Una pizza de despedida. Continúo con mi camino hacia las olas.
Por lo que leí antes de empezar el viaje me dirijo a donde debo ir. El lugar de las olas. Es una península que con casi todos los vientos tiene olas. Digo que lo sé porque lo he leído; si fuese por las preguntas que hago en el camino acabaría en Tenerife. Los sardos no suelen viajar más de 17km. Y cuando les pregunto acerca de los siguientes 20km no saben de qué les hablo. Aunque siempre muy amablemente me responden e intentan ayudar. Cosa que por cierto he agradecido mucho.
Por la carreteras de esta isla se viaja muy agradablemente. No hay tráfico, la gente es amable y sobretodo y más importante para un ciclista; es muy seguro. No he tenido todavía ninguna sensación de pasar por algún lugar en el que tenga que tener algo de cuidado.
Se respira en toda la isla un ambiente de tranquilidad y sosiego absoluto. Cómo será en verano no lo sé pero ahora solo hay una palabra: belleza
Desciendo de las montañas entre campos y olivos y atrás dejo los verdes valles de mirto, una planta con la que hacen aquí un licor delicioso y que ya me han ofrecido un par de veces.
Por lo que voy recorriendo en la bici parece que esté llegando a un punto sin retorno. El día está filtrado con una capa de niebla que oculta el sol y calma el viento. Cada vez hay menos casas, más campos labrados, no se mueve nada ni hay nadie. Cojo un camino de tierra como de unos 20km para llegar a Putzu Idu; la promesa de este viaje. Si no pillo olas aquí se acabó la cosa.
Me pregunto cómo puede ser que si esto es una zona tan buena para el surf no haya absolutamente nada más que campo, cuervos y estanques. No se mueve ni el mar. Aquí no vive nadie ni hay nada. El mar está más plato que una bañera. Pero todo va a cambiar pronto pienso. Es raro que esté el día tan tranquilo; algo va a ocurrir quiero prometerme.

Llevo unas seis horas pedaleando. Es decir 60km. A 12km/h aprox de media, más unas 20 paradas para comer queso brie con pan y nueces y avellanas y miel y todo lo que pille, mi ritmo de caracol habitual.
No puedo más y busco un lugar donde no entristecerme demasiado con tanta soledad.

Pero, y como siempre, ocurre algo que cambia las cosas. Hay un cartel, un perro que ladra, una casa con tablas de surf y un timbre al que tocar.

Y ahora mismo me llaman para ir a por otra pizza. Me tengo que ir. Es viernes. El viento acaba de entrar hace un par de horas muy fuerte. Y mañana promete.

Cruzo los dedos.

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Día 4. “Vora dae coru, vora dae pensamentu”

“Lejos del Corazón. Lejos del pensamiento”. Hoy estaba junto al malecón comiendo con André unas patatas con salchichas. Debajo de mis pies descalzos el mar tranquilo y transparente. Corría una brisa invernal agradable y el sol nos tostaba la espalda. No había nada más de qué hablar entre André y yo que no fuese el simple hecho de agradecer semejante tranquilidad.

Un hombre con el pelo alborotado, una chaqueta de pana muy usada y una bufanda con olor a trasnochado se tumba a nuestro lado. Muy al borde del mar casi a punto de caerse y en posición fetal se dispone a dormir. Detrás viene su amigo Jan Pietro; quien recita al aire alguna poesía y viene directo hacia nosotros hasta que me abraza y me dice “Vora dae coru, vora dae pensamentu”. Apunta con su dedo a la bahía de Bosa y exclama lo bello que es.
Jan Pietro también parece haber trasnochado pero tiene una cara impoluta. Rebosante de amor y alegría nos cuenta cómo echaba de menos su casa, Bosa, y cómo el amor le había llevado a vivir a otro lugar.
Me habla a unos dos centímetros de distancia y habla con un acento curiosísimo. Es un tío enamorado de su vida y de su tierra. Estaba claro que Jan Pietro era el personaje Bosano por excelencia.

Él y su amigo Mauricio el trasnochador, junto a sus mujeres, venían desde Austria para volver a casa, a Bosa, por los carnavales. De la emoción que tenían de volver a casa habían pasado toda la noche bebiendo sin dormir hasta que se encontraron con nosotros. Obviamente Jan Pietro no se ha permitido hacer de mal anfitrión y nos ha invitado a unas cervezas en el pueblo al mismo tiempo que abrazaba a tanta gente que se acercaba a él con cariño.
Tiene razón; Bosa es un lugar especial.

Un poco más tarde me encontraba pedaleando junto al río Temo. Era el atardecer y el sol brillaba entre nubes densas.
El camino que discurría entre los pastos y las granjas se adentraba en el valle y los rayos del del atardecer se flitraban entre los olivos.
Detengo la bici para tumbarme sobre la hierba mullida debajo de uno de los olivos. Huele mucho a aceite y quiero respirar un rato. El cencerro de las ovejas retumba en las montañas, el pastor pone su música italiana a todo volúmen y canta al tiempo que camina.
El sol está cayendo y me da en la cara justo detrás de un almendro en flor. Miro hacia arriba, hacia la cima de la montaña donde está el castillo, a través de los cactus, piteras y hugos chumbos y siento el Mediterráneo más que nunca.

La sensación de plenitud se apodera de mí. La madre tierra me vuelve a abrazar. Solo hay paz en esta isla.
El sol se ha puesto y los campos de camino a la plaza del pueblo están rosados. Las calles empedradas ya empiezan a tener humedad y la gente está en la calle.
Jan Pietro es el alma de la plaza. Abraza y saluda a todo aquel que se encuentra.

Se llama Bosa; un pueblo mediterráneo con un ritmo especial.

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Día 3. Alguer – Bosa

Dejo Alguer o Alghero o L´algher, con tanto follón de lenguas ya no sé cómo lo dicen ellos, y me dirijo a Bosa. Me han contado que es un lugar con un encanto especial. La señora del último mercadito en el que compré queso brie y tomates me dijo que la carretera hasta Bosa era una de las más bonitas de la isla.

Son unos 50km con mucho desnivel y arrastrar el carrito por las cuestas lleva horas. Salgo pronto y con muchos ánimos. Normalmente las rutas con mucho desnivel me llevan a hacer aproximadamente unos 12km/h de media.
La predicción del viento era del noroeste y yo voy hacia el sur así que buenas noticias. Pero tan pronto como cruzo la primera curva el viento húmedo frío me pega en la cara insinuándome que si pretendía llegar a Bosa así lo tenía claro.

Me da igual, ahora ya sigo hacia delante tarde lo que tarde.
El camino se empieza a enrevesar. Los valles se pronuncian todavía más. Gano altura. Bajo plato. El cielo está cubierto. Huele a miel. Miro a mi alrededor y no doy crédito. Más que en el Mediterráneo parece que esté en Irlanda. Siento la humedad en mi nariz, se escuchan los cencerros de las vacas que se asustan a mi paso. Junto a ellas las ovejas, las cabras y los burros. Hay de todo menos gente. Vuelvo a fascinarme con lo salvaje que es la isla y vuelvo a darme cuenta de que nunca imaginé que fuese a ser así.

La ruta se complica un poco. Hago una parada inesperada y me como los tres huevos duros que había preparado la noche anterior en el Bed & Brekfast del Alguer. Cuando quiero continuar me doy cuenta de que mi carrito está pinchado. Tercer pinchazo en tres días. De momento el ritmo es constante, no hay de qué preocuparse, a pinchazo por día. Me va a costar más los pinchazos que los huevos duros.
Saco la cámara y hay dos pinchazos. Son como espinas de cactus. Las veo clavadas en la cubierta. No es que esté desgastada la goma es que hay muchos pinchos. Solo me queda un parche de todos los que he gastado así que cojo parafina de la tabla y tapo el segundo agujero. La cosa funciona.

Más adelante me como una naranja que me regaló alguien ayer. Observo atónito las vistas y decido que es el mejor lugar del mundo para comerme una naranja y para volar mi drone. Sí, también llevo un drone en la bici. A los chicos de Tranquini, una marca de bebidas relajante que está abriendo mercado en España, les gustó mi idea y quisieron apoyarme en este viaje.
Antes de volar el drone me termino la naranja y pienso en la naranja. Todas las frutas y verduras que me he comido en la isla están especialmente buenas. Todo tiene el sabor que las cosas deberían tener. Las mandarinas saben a mandarina, los tomares son rojo intenso y explotan de sabor y as naranjas refrescan más que una horchata en verano.

Total, que todavía con unos 25km por delante y las piernas algo tocadas, decido volar mi drone y disfrutar de aquel lugar que tan emocionado me tenía.

Cuando llego a Bosa subo hacia el castillo medieval para ver las vistas desde allí. Voy a volar el drone de nuevo porque las vistas son increíbles. Bosa es un pequeño pueblo medieval construido a orillas del estuario del río Temo y rodeado por valles y mesetas en el que se respira una personalidad especial. Para mí el hecho de que encima un lugar así esté en una isla todavía lo hace más especial. Justo antes de volar el drone, a las faldas del castillo, veo una bici con equipaje apoyada en una de las paredes del castillo y un hombre tocando un ukelele.

Me acerco a él casi gritándole de la emoción de creer haber encontrado a alguien que viaja en bici como yo.
Tiene pinta de haber viajado mucho. Cara de vivir en la montaña y vivir al exterior. Me recibe con una sonrisa divertida. Se llama André, es canadiense, tiene 56 años y ya lleva recorrida Italia entera. Ahora está recorriendo Cerdeña para encontrarse con su pareja en Córcega y dice que va a pasar la noche allí.
Esta mañana me he despertado con el sonido del ukelele que tocaba sentado en el suelo a mi lado.  

Y de momento vamos a pasar unos días juntos. Creo que tenemos bastantes historias que contarnos. Sobre todo él, que en los años 80 recorrió California en bici entera, luego se detuvo, formó una familia y ahora vuelve a viajar.

Dice que a uno, al que le gusta viajar, nunca se le pasa el vicio.

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Día 2. Porto Ferro – Alguer

El saco que me ha dejado Luci dice RISK 10 Cº. Esta noche obviamente había menos de 10 Cº dentro de mi querida tienda. Así que me he puesto todas las capas que llevo pero eso no ha hecho que estuviera al límite. Eso sí, y para variar, he dormido como unas 12 horas. Se hace de noche a las 19:00 así que a las 20:30 estaba durmiendo. Y me he despertado sobre las 8.

Los de la caseta han ido a pescar al amanecer y han traído bastante material. Mientras desembarcaban yo me he despedido de ellos y he continuado con mi camino destino Alguer o cualquier otro sitio de la costa oeste.

No dejo de sorprenderme de lo verde que es la isla; nunca imaginé que tendría tanto bosque. Hoy he recorrido un par de kilómetros entre bosques de pino, eucalipto y encinas, con casitas a un lado y huertos inmensos al otro lado. Además está lleno de halcones que van apareciendo del susto a mi paso.

Los sardos me da la impresión de que son muy humildes. A todo me responden con mucha amabilidad y sencillez; no me da la impresión de que esto pueda cambiar tanto en verano. No dejo, sin querer, de intentar imaginarme que esta isla que huele a húmedo, a queso, a ovejas y con una brisa fresca pueda llegar a ser un destino tan turístico. Con sus pueblos tranquilos de interior, sus agricultores haciendo labores en el campo y su estética algo decadente me cuesta creer que se convierta en una autopista de italianos en ciclomotor con pantalones muy cortitos y gafas de sol enormes. Me pregunto dónde se esconden el resto del año.

Hoy tres señores muy graciosos de unos 80 años han venido a ayudarme y hemos estado hablando un rato. Eran de esos señores con manos grandes que saben hacer de todo. Observan con detenimiento y, aunque parezcan torpes con las manos, presiente uno que han tenido que arreglar muchas cosas en su vida y pues bien, son capaces de hacer lo que uno no habría podido. Me señalaba con su dedo índice y decía “furat” y le digo; ¿has dicho furat? Y resulta que hablaban medio Catalán medio Italiano. Los colonos que repoblaron el Alguer en la Edad Media procedían de Barcelona; de ahí que se hable Catalán en esta ciudad

 

Me he percatado de que cuando a la gente de aquí les pregunto por el siguiente pueblo o la siguiente región me miran como si estuviese loco. En Porto Torres pregunté a alguien acerca de Porto Ferro y me dijo que nunca había estado. En Porto Ferro pregunté sobre Fertilia (de camino al Alguer) y no supieron ni indicarme. Hoy en Alguer he preguntado acerca de Putzu idu y no habían escuchado ese nombre en la vida decían.

 

Lo que está claro es que aquí la vida en inverno se vive. Y se vive muy bien. Hoy al atardecer recorrí la preciosa muralla medieval de Alguer y me daba cuenta de lo que supone la vida invernal de la isla. La tranquilidad y sosiego deben de ser la característica principal. Pero además el ritmo del quehacer diario y la parsimonia del Sardo. Sea como sea aquí hay mucha vida en invierno y mucha tranquilidad. Los bares están llenos exactamente igual que hacemos nosotros; en el super las señoras hablan de sus cosas; en italiano pero de sus cosas, los ciclistas salen a entrenar igual que hacemos mis amigos, los paseantes de perros a hablar con otros paseantes, los del kitesurf a hacer surf y los chavales, con sus mochilas, debajo de la muralla a hacer el gamberro. ¿Y todo esto en una isla en medio del Mediterráneo? Yo les miro hacer sus cosas y me fascina pensar cuánto de conscientes serán ellos de saber que viven rodeados de mar en un lugar precioso. Claro que lo serán pero no deja de sorprenderme eso de llevar una vida tan corriente encima de una isla. Encima de una isla tan bonita. Por eso quería venir a comprobarlo.

Efectivamente esto está siendo más invierno de lo que yo pensaba. En Alicante de vez en cuando, rara vez, aparece algún día fresco invernal pero luego vuelve el sol y al medio día uno se tosta al sol sin quererlo. No está siendo igual en cambio aquí. Sigo esperando esos días de sol y calor primaverales pero me parece que llegarán más tarde de que yo me vaya.

No importa, pienso, voy de viaje con mi bici, haga frío o calor, destino a donde me lleven las olas.

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Día 1. Porto Torres – Porto Ferro

Antes de nada: hoy, mientras pedaleaba, miraba la foto de mi niña que llevo en el manillar y al fondo un extracto que arranqué de la guía para ciclistas de Nueva Zelanda. Y me he acordado de lo bueno que es el texto y de por qué vamos tanto en bici.
Me gustaría traducirlo y recordarlo porque es muy bueno: “El ciclismo es una manera genial de moverse y un deporte disfrutado por más de un millón de Neozelandeses. Si solo tres de cada 100 personas cogieran la bici en lugar del coche Nueva Zelanda se ahorraría más de un billón de dólares por año.
El ciclismo es la solución a la polución que mejora tu salud, aumenta tu productividad en la escuela o trabajo y ayuda a la seguridad de tu comunidad. Cada vez que montas en bici, tienes la oportunidad de contribuir a una “cycle friendly culture”.
Es decir que cuanto más montamos en bici más contribuimos a que más gente monte en bici y por lo tanto a vivir en un mundo un poquito menos contaminado y más divertido 🙂

Anoche di como unas tres vueltas seguidas al mismo itinerario que pasaba por la plaza del pueblo. Eran las 23:30 y era sábado. Estoy en una isla en medio del mar; tendré que ir a ver qué pasa, ¿no? Pues no fui capaz de entrar al bar que mejor pinta tenía y en el que se oía un poco de reggae desde las calles del pueblo.
Las costumbres son las mismas que las nuestras. Me veo muy reflejado en ellos.
Porto Torres es un pueblo de como unos 10.000 habitantes. Quiero decir que no es demasiado pero no parecía eso anoche con la cantidad de gente que había por la calle. Hacen lo mismo que nosotros. Los restaurantes llenos a las 21:30, la gente por la plaza a las 23:00 dando un paseo y los jóvenes haciendo botellón debajo de los ficus de la plaza del pueblo.

Esta mañana he tardado como unas tres horas y media en montar todo el tinglado y organizarme. Creo que se debe a que es el primer día aun así no he parado de repetirme cómo es posible que a uno le hagan falta tantas cosas en una bici para dar la vuelta una isla, surfear, hacer fotos y grabar un documental. Tampoco es para tanto…

Las colinas están todas verdes. Huele a pino y hierbas aromáticas pero no parece que esté en una isla. Hay tantas ovejas y olor a húmedo que no me recuerdan a una isla del Mediterráneo. He recorrido una corta etapa preciosa desde Porto Torres hasta Porto Ferro. Quería venir hasta aquí porque había visto lo bonito que era este lugar y me habían dicho que hay buenas olas. Sé que no hay mar ni viento para que hoy hubiese olas; pero da igual; quería verlo.

He recorrido un par de kilómetros entre caminos de esos típicos de Formentera entre pinos y dunas pero con la diferencia de que había ovejas a ambos lados. Sé que muchos de los que leeréis esto os vais a reír porque siempre lo digo, pero es verdad, esto se parece a Nueva Zelanda! Está todo verde, se ve el mar, hay colinas y hay ovejas. Además también hay animales muertos en el arcén. Aunque no son Possums se parecen bastante; son zorros.

He pinchado el carrito y he volcado el carrito entre las dunas que me llevaban hasta Porto Ferro. Hay muchas raíces de los pinos y la arena ha hecho que pierda la estabilidad. Ya van dos pinchazos en dos días. Es decir, lo mismo que pinché en un año en Nueva Zelanda. No está mal la estadística como sigamos así.
Al parar a reparar el pinchazo he sacado todo lo que llevaba de comer. No me apetecía nada ver lo que estaba viendo y me he quedado esperando a que se arreglase solo. Una señora de tez y pelo muy oscuro, fumando un cigarro, con un bolso de plástico en una mano y un cigarro en la otra ha aparecido de la nada en el campo y me ha preguntado algo que no he conseguido entender muy bien. Ah, también venía con ella “Luna”. Su perra.
Le he respondido que todo bien; que solo era un pinchazo; señalando a la cámara que ya había sacado. Le he preguntado si sabía cuánto quedaba hasta Porto Ferro y su expresión ha sido como si le preguntases a un Andaluz de Jerez de la Frontera a cuánto está de allí Vizcaya.

He seguido con mi camino porque no podía ser que faltara tanto como insinuaba la señora de tez y pelo oscuro con cigarro y bolso de plástico en la mano. Y he entre dunas y pinos, unos caminos muy similares a cualquier anuncio de esencia Mediterránea en el que los actores hacen paellas a la brasa, beben cervezas muy frías, y él se enamora de ella, he llegado a mi destino. Porto Ferro.

Se oía música reggae, se percibía olor a barbacoa, y todo el mundo parecía disfrutar de un domingo en tal increíble paraje. No me imagino como puede ser resto en verano pienso, pero desde luego lo que estoy viendo es totalmente salvaje. Tiene pinta de que puedo acampar esta noche. Es más, me apetece mucho porque el sitio es de lo más bonito que podía encontrarme. Al final de un camino que se dirigía hacia una torre vigía como las que hay en las playas de Villajoyosa he encontrado una casita de madera que tiraba humo por la chimenea.
Estaba al borde de un acantilado, escondida entre pinos y como con una calita particular. Dos barquitos de pesqua, tablas de windsurf y varias piraguas a los lados de la casa. He tocado a la puerta claro. A ver si me invitaban o a ver qué sucedía. Ha aparecido un hombre de unos 45 años con pinta de haber decidido querer vivir en esta tranquila caseta de madera con calita particular. Le contado que estoy dando la vuelta a la isla en bici y que si le importaba que acampase por aquí cerca.

Muy amablemente me ha respondido que no le importaba y ahora mismo alguien ha venido a tocarme a la tienda para ofrecerme un té calentito.

Mañana será un día nuevo.

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He llegado a la isla

Día 0 de “Gregal”. He llegado a la isla.

Salí de casa hace unos días para, a trancas y barrancas, llegar a esta isla. Cada vez que salgo de viaje pienso en si nunca voy a ser capaz de ser más organizado. Creo que de tanto decirmelo a mí mismo la cosa empeora. Como cuando uno es tartamudo y se pone nervioso porque se lo dicen; pues yo igual. Probaré otras técnicas.

Atrás dejo las lágrimas de ella que me piden no partir. También la casa de Manu y Mieria en Barcelona. Voy totalmente descontrolado y desorientado por las calles de la gran ciudad.
Es viernes por la noche, la gente va vestida de invierno y con pinta de haberse preparado para un viernes. Yo voy con unos pantalones bastante cortos, unas luces que deslumbran a cualquiera que me cruzo y un montaje muy extraño que no parece combinar bien con un viernes por la noche. No sé por qué estoy haciendo esto pienso.
La Segrera, Torre Agbar, Razzmatazz, Parc de la Cituadella no tengo ni idea de dódne estoy pero voy recorriendo de norte a sur toda la ciudad con mi aparatoso vehículo a prisa y corriendo porque, como no, llego bastante tarde.

Consigo llegar a tiempo. En la cola unos mallorquines me preguntan alucinados por mi curioso montaje. Ellos van de viaje también pero en moto.

Me subo a un barco gigantesco. Me siento muy aliviado de no tener que haber dado explicaciones de que perdí el barco.
Hay más camiones de carga y ruidos industriales que personas. Intento subir por un ascensor que huele a aceite de máquina y el botón de llamar está más ennegrecido que la mano de un mecánico pero me prohíben la entrada con un idioma que ni reconozco y me mandan a unas escaleras.
Por fin llego a donde voy a pasar las siguientes 14 horas. Por lo que veo la gente a mi alrededor ha vivido esas 14 horas bastantes veces. Las luces son entre deprimentes y relajantes, el suelo no está del todo limpio y las butacas son de un plástico usado muy confortable comparado con un cáctus del desierto. Corre una mítica brisa incómoda que te enfría los riñones al tumbarte.
No importa, el que llevo delante se ha montado una cama improvisada bastante apetecible y, mientras come cosas que huelen a otro país, me hace entender que o me monto mi cama improvisada o alguien me quitará el hueco. Desde ese momento hasta aproximadamente 10 horas después me duermo. Algo poco sorpendente en mí pues tengo esa habilidad de dormirme automáticamente en calquier sitio que requiere dormirse.

Llego a mi destino después de haber olisqueado todos los rincones posibles del gigante flotante; la sala reservada para camioneros, la sala de juegos para ludópatas, las piscinas exteriores vacías donde algunos empleados fuman cigarros especiales y otros lugares curiosos de un edificio que transporta a gente por el Mediterráneo de oeste a este y de este a oeste cada día.

Llego a mi destino. Esta vez no viene a recogerme “Jake”, ni sus amigos surferos, ni me invita nadie a dormir a casa ni hace sol ni nada de nada. Está medio lloviendo. Hay unos edificios abandonados enfrente de mí y una de las ruedas de mi carrito reventó la noche anterior.
Me apresuro en buscar una gasolinera porque la bomba que llevo es para las ruedas de la bici de paso fino y no las del carrito de paso ancho. Cambio la cámara y me voy a ver la población más cercana.

Por fin en la isla. Ya estoy en una isla muy lejos de casa y en el mismisimo medio del Mediterráneo. La verdad es que no parece una isla; me recuerda un poco a los pueblos portugueses. Esos en los que está todo como medio abandonado y los edificios tienen musgo por las esquinas. Hay algunos barcos varados que parecen todavía estar descansando de la dura temporada estival; algunos pescadores entran a puerto y yo investigo. Palmeras, olor a lavanda o algo parecido, calas de mar azul y luz de invierno.

Estoy aquí. Viviendo una isla. Surfeando el Mediterráneo. Ahora solo falta que llegen las olas.

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Gracias a todos los que hacéis posible que esto funcione.
🙂

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Qué me llevo de equipaje a una isla del Mediterráneo

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Ya solo un día para irme a una isla del Mediterráneo en invierno.
Aquí el equipaje que llevo:

Manillar/Alforja delantera:
2 Gafas Feler: “Waterfall gold silk” y “River tortoise”
Monedero
Boli
Navaja
Cortauñas
Guantes bici invierno
Multitool
Parches
Crema solar
Crema Hidratante
Mechero
Cámara Canon G16
Cámara Nikon AW130
Luces Bontrager
Garmin Edge
Casco Spiuk Dharma
Gorro casco windstopper
GoPro

Alforja trasera izquierda:
1. Equipación bici equipo Yibalois
2. Camisetas manga larga lana merino
1. Mallas largas
2. Calcetines lana merino
2. Calzoncillos
1. Camiseta proyecto Gregal Trendsplant. (Podéis comprarla haciendo click)
1. Gorro lana Trendsplant
1. Gorra WAU
1. Cortavientos bici
1. Chubasquero
1. Chaqueta plumas Patagonia
1. Neceser + botiquín Pirrimade.

Alforja trasera derecha:
1. Surface pro 3
1. Cargadores
1. Disco duro
1. Lector tarjetas
1. Carcasa acuática canon G16
1. Flauta

Carrito Carry Freedom:
Tabla surf Towanboards “kryptowan” 5,9
Trípode
Saco dormir invierno
Tienda Campaña Heimplanet
Esterilla Decathlon
Hornillo cocinar
Bolsa Estanca
Traje neopreno  4/3
Escarpines
Gorro
Bomba Hinchar pequeña
Botellín agua camelbak
Botas waterproof
2 latitas “Tranquini” para estar “positively relaxed”. Ya os enteraréis de qué va eso.

 

 

Gregal. Viviendo una isla, surfeando el Mediterráneo y la camiseta que he hecho con Trendsplant

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Si todo sale bien en pocos días estaré viajando hacia la isla. Comienza una nueva aventura. Esto quiere decir que llegaré dentro de poco y hasta cuándo todavía no lo tengo claro; lo suficiente como para recorrer el perímetro.

La idea es documentar la vida de una isla en invierno, conocer a sus gentes, aprender sobre la isla y en definitiva ver qué ocurre allí cuando casi no hay nadie.  Y si puedo pillar alguna ola pues mejor. Llevaré el mismo “setup” que en Nueva Zelanda. Bici + carrito + tabla.

En 2015 estuve viajando durante 10 meses por Nueva Zelanda con una bici y una tabla de surf en un remolque. Al llegar a casa me di cuenta de cuánto había echado de menos el Mediterráneo y se me ocurrió que me encantaría vivir una experiencia diferente en casa.
Un día  pensé que me gustaría mucho vivir la vida de un isla en invierno y hacer un documental fotográfico de sus gentes, de los paisajes de invierno, de los pescadores y obviamente, llevarme la tabla por si había olas. 

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De pequeño siempre pensaba cómo sería la vida de las islas cuando no estamos los que vamos de paso. Me intrigaba muchísimo eso de vivir en las islas. ¿Si está flotando en el mar cómo es que los hombres se las apañan para vivir ahí? ¿y por qué ahí y no en un trozo de continente normal como el resto? ¿Y el hecho de vivir en una isla hacía a la gente diferente?
Las islas tienen ese punto de originalidad y romanticismo que condicionan la vida de uno a estar rodeado siempre de mar. Y, no sé, yo quería experimentarlo; Vivir allí cuando haga frío, vivir en la isla cuando no haya nadie, cuando haga viento, cuando haga sol, cuando te tumbes en la tierra y no oigas más que el mar, cuando la arena no esté pisada, cuando en el mar solo te estés bañando tu y los peces, cuando te aburras tanto que se te ocurran cosas que normalmente no se te ocurren, cuando le dediques tiempo al silencio y cuando disfrutes de la soledad.

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Así que estuve pensando en cómo hacerlo y se me ocurrió este proyecto al que he llamado “Gregal”; que es el nombre del viento que hace falta para cunado surfeamos en la mayor parte del Mediterráneo.

Los chicos de Trendsplant me apoyan en este proyecto y se les ocurrió la idea de hacer una colección especial de camisetas con el logo del proyecto (por Pablo Bueno). Los beneficios obtenidos de las camisetas se destinarán a hacer el proyecto posible. Si compráis una cami (Vale 29,90 eur) estaréis haciendo posible, entre otras cosas, que pueda vivir en una isla este tiempo. Además está guapísima.

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Tengo que dar las gracias además a Towanboards, a Feler Sunglasses y a Tranquini por confiar en mí y en mis aventuras y por hacer posibles mis sueños.

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Nos vemos en la isla y en mi canal de youtube!
🙂