Gregal. Viviendo una isla, surfeando el Mediterráneo VOL III

 

Tercer y último capítulo de mi aventura por Cerdeña en bici y surfeando.
Una parte de lo que dentro de aproximadamente un mes será una peli-documental de todo el viaje.
20 días de viaje. Me despido con cariño de una isla mediterránea que me ha enseñado mucho y que echaré de menos.

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Hacia el final del viaje. ACERCA DEL TIEMPO, DE VIVIR TRANQUILO, ACERCA DE DISFRUTAR DE LAS COSAS.

Últimos días de mi viaje en la isla. Me da la impresión de que he llegado hace muy poco. Quizá no debería compararlo con mi último viaje en bici y con la tabla. Diez meses. Qué locura. Qué pereza me pensarlo ahora.

Aunque me apetece volver tanto a casa me quedo con las ganas de conocer el interior de esta isla virgen, la costa este, los lagos, los picos altos, los cientos de pueblos de los que me han hablado y que no me ha dado tiempo a ver. Volveré, pienso.
Me pregunto, con mucha curiosidad, cómo será Córcega. Otra isla en medio del Mediterráneo, con más montañas todavía y creo que más salvaje y encima con otra cultura y otro idioma. Me muero de ganas.

Tengo unos apuntes divididos en dos grandes bloques que se llaman TO DO y TO BE. Y son las cosas que quiero hacer y las cosas que quiero cambiar. Cuando se me ocurre algo, me sucede algo, me doy cuenta de cualquier cosa que no quiero olvidar voy y lo apunto. A menudo lo reviso y para mí es una manera de no olvidarme de cosas que en algún momento he querido conseguir.
Ayer en TO BE escribía en unos pocos puntos generales las cosas aprendidas de este viaje. De qué le sirve a uno viajar, de qué le sirve a uno ir a una charla, para qué le sirve a uno hacer un pastel de plátano.
Todo lo que hacemos en la vida está irremediablemente condicionado al paso del tiempo. Y es algo que me hace pensar mucho. Cualquier cosa que uno haga en su día de veinticuatro horas le ha enseñado mucho o poco pero seguro algo que mañana ya será otra cosa y que si uno se toma la molestia de intentar aprender le ayudará a tener una perspectiva más interesante sobre las cosas.

Estar más tranquilo es lo que escribía en TO BE. Lo de que el ritmo isleño es más tranquilo es algo que se suele decir. Pero yo, en estos veinte días viajando en bici, con lo que ello conlleva, con las familias en las que he vivido, a los bares que he ido, las olas que he compartido con la gente, las cervezas que me he bebido solo en la plaza del pueblo, he comprobado que efectivamente aquí se toman las cosas de otra manera. Todo es un poquito menos importante y a todos sitios se va un poquito más despacio y todo el mundo escucha un poquito más y la gente tiene un poquito más de tiempo para hacer lo que sea.

El jueves en la cocina de Pina (diminutivo típico para las que se llaman Guiseppa y los que se llaman Giuseppe) cocinábamos cordero al horno de leña. También una pasta típica sarda de la que he olvidado el nombre. Las señoras cocinaban y Carlo hablaba conmigo de la historia de la isla. Otra vez la importancia para los italianos de juntarse a cocinar y comer. Regla número uno de esta cultura. Comer bien de verdad. Disfrutar de la comida y alargar la comida hasta la tarde. Como en España vamos. Todo lo contrario a lo que había visto yo en Nueva Zelanda.

En torno al tema de la tranquilidad; Carlo se quejaba de cómo en tantos kilómetros de costa oeste salvaje no encuentra uno un cuarto de baño, servicios para el turismo, nada de nada. Y se lamentaba de la falta de iniciativa del sardo para sacarle más partido a la isla.
Yo le decía como para mí, ese es precisamente el atractivo de otro tipo de turismo como el mío. Algo que también se puede vender muy bien y además ayuda a que la tranquilidad, el sosiego de la isla se mantenga. Y en eso Carlo si coincidía conmigo. Me dijo que en veinticuatro horas que tiene un día las personas en la ciudad viven una vida. En cambio en la isla viven tres vidas. Por qué le pregunté yo; a lo que me respondió que en todo lo que dura un día a él le daba tiempo a ir a trabajar, a volver a casa a comer con su familia, a salir a navegar y a la tarde verse con sus amigos. “Eccolo” la esencia de vivir. Vivir tranquilo.

Por eso lo apuntaba en el TO BE. Porque a veces, en el quehacer diario, uno pierde un poco, o por lo menos yo, el rumbo de la tranquilidad. Y en lugar estar sereno en el momento me inquieta pensar en lo que no estoy llegando a hacer. Es absurdo.
En la entrevista que le hacía a Graziela, una extracto aparece en el VOL II de los vídeos de la isla, ella hablaba de cómo uno debe estar a gusto con lo que tiene porque no sirve de nada no hacerlo así. Eso viene a ser lo mismo que estar tranquilo, vivir y disfrutar del momento. Es uno de los pilares principales del Yoga por ejemplo y la meditación.

Sea como sea, la isla y sus gentes son tranquilas y me lo han transmitido. Me lo tomo como una especie de lección. Que la ambición no te lleve a querer hacer tantas cosas que acabes por no disfrutar las otras más sencillas.

Me quedé un par de días más en Oristano porque venía un maretón que hasta entonces no había llegado a la isla y pensé que sería genial poder pillar con Marco olas grandes.
Un día, después de surfear, y hablando de los proyectos e ideas de cada uno, me dijo algo que me dejó de piedra.
– ¿Sabes qué? De cada cien veces que tú te ríes yo me río una. Nunca pierdas eso. Tu libertad es lo más importante. Vivir una vida sencilla te hará seguir siendo así.
Yo no digo que esto sea algo a lo que aferrarse pero me dio mucho que pensar. Yo nunca lo había visto así. No me había dado cuenta del todo. Y con libertad no se refería a no adquirir compromisos, como por ejemplo familiares. Por ahí no iba la cosa. Sino a no atarte a demasiadas cosas que te preocupen demasiado cada día. Otra vez, que la ambición no te lleve a querer abarcar tanto que acabes por no disfrutar de lo sencillo, del día a día, de estar tranquilo en definitiva.

Viajar así es un privilegio y un placer. A menudo el sardo me preguntaba por qué iba solo. A lo que yo solía responder que hago muchos viajes con gente pero que disfruto mucho de viajar solo. Es simplemente otro tipo de viaje. Que me lleva a conocer de verdad los sitios que visito. Las costumbres, la cultura, el idioma, las familias, cómo toman el café, cómo se sientan en la mesa, cómo cocinan, cómo llaman a los perros, qué colgantes le ponen al espejo retrovisor, qué plantas tienen en casa, cómo decoran las habitaciones, cómo se saludan en la plaza, cómo se despiden al teléfono, cómo se quieren y cómo reciben al viajero.
Porque para mí eso es viajar, vivir con ellos y hacer las cosas que hacen ellos.

Y porque al final, en general y para todo, lo importante no es tanto a dónde se va sino cómo se va. Qué más da a dónde vayamos a parar si tan importante es lo que ha ocurrió en el camino. Qué más da que se acabe la vida si uno la disfrutó tanto cada día.

Por eso doy gracias de nuevo por este viaje. Por poder conocer el mundo así. A los sardos por haberme enseñado tanto. Y gracias a la salud que me dio la vida.

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Cuando uno piensa en positivo es cuando las cosas buenas ocurren. Hay una bebida llamada “Tranquini” que propuso ayudarme en mis aventuras porque para ellos ese mismo mensaje les había llevado a crear esta bebida.
Una bebida que te ayuda a estar relajado y a mantener la concentración.
“Mantenerse relajado y positivo es el principio de todo éxito” dice en una parte de su página web.
Gracias a ellos he podido llevar a cabo esta aventura y disfrutar de la tan codiciada y más buscada de todas en este mundo; la tranquilidad.

Gregal. Viviendo una isla, surfeando el Mediterráneo VOL II

15 días viviendo en la bici y surfeando esta isla del Mediterráneo. Aquí la segunda entrega de lo que será una mini peli cuando acabe el viaje.

He recorrido de norte a sur casi toda la costa oeste de Cerdeña. Una isla romántica donde el Mediterráneo todavía está en su estado más salvaje y donde me he encontrado con gente maravillosa que me han acogido como en casa y que me han enseñado la importancia de compartir el mar y las olas, el luchar por las cosas que quieres y la necesidad de amarnos todos más.

Mi intención era la de volver al norte por la costa este. Pero la gente que he conocido en el camino y el surf me ha hecho quedarme un poco más de tiempo en cada sitio de lo previsto. Así que vuelvo hacia el norte por la costa oeste de nuevo.

Días 12, 13 y 14. El salvaje sur de la isla y vuelta hacia arriba.

Estoy en Marcedi. Dicen que en cuanto cruzas el puente de Marcedi ya no hay nada. Es un puente que no se puede cruzar se supone pero veo que algunos lo cruzan. Voy allá con la bici. Es pronto por la mañana y el lago o estanque que cruzo no se ha quitado la niebla de encima. A lo lejos, hacia donde voy, me miran las montañas. Bastante escarpadas por cierto. Las laderas de las montañas, hasta donde alcanza mi vista y todo lo que rodea al puente que estoy cruzando podría ser cualquier pueblo perdido en las montañas profundas de Suiza por ejemplo.
Si no fuese por los campos de olivos en las faldas de la montaña no reconocería esto como el Mediterráneo.

Hace un día espléndido y me adentro hacia el salvaje sur. Me produce cierta desconfianza lo de adentrarme tanto hacia el sur. Pero siempre recuerdo lo que me dijo mi amiga Caro en Nueva Zelanda: “Dear Chino, keep cycling, always belive in the magic of the universe. We´re all one big family” ella decía que siempre ocurre algo que te alegra el día. Y yo confío mucho en eso; porque es verdad. Bueno, es como una manera de recibir lo que viene; si uno piensa que algo bueno va a venir seguramente acabe ocurriendo. Es más probable que ocurra algo bueno si uno lo quiere que al contrario.

Así que en el primer pueblo que me encuentro, Guspini, me ocurre algo interesante. La verdad es que mi intención no era ir hacia Guspini. La idea era recorrer la famosa salvaje Costa Verde lo más cercano posible a la costa hasta Buggerru y luego volver por el interior. Pero me dio mala espina y lo hice al revés. No sé por qué pero cambié los planes en un segundo, recorrí unos 10km en sentido contrario y empecé el camino hacia Guspini. Para un par de días más adelante volver, en este caso hacia el norte, lo más cercano a la costa. La idea es llegar hasta el punto más sur que pudiera y luego volver camino al norte para ir haciendo camino hacia mi ferry en Porto torres dentro de una semana.

En Guspini y como no había gastado prácticamente nada en casa de Marco decido coger un B&B para cargar baterías antes de adentrarme en la Costa Verde. También porque la señora del estanco que me para al ver todo mi tinglado me dice que me quede con ellos en el B&B. Era una señora de pueblo, con marido pastor y con casa de pueblo. No puedo rechazar la oferta y me acomodo allí mientras hablo en Sardo-catalán-valenciano-italiano-español con la señora; mejor dicho “La nonna Valentina” que es como la conocen en el pueblo.
En un par de horas llega Giorgia que es la nieta, que se acaba de licenciar en arquitectura y que, sorprendida de cómo le cuento que me fascina la isla, me hace ver su proyecto de final de carrera. Trata acerca de dos señores, marido y mujer, de Guspini, poetas, se construyen su casa debajo de un enebro en algún lugar perdido de la Costa Verde y de donde se han recuperado los poemas que quedaron antes de que se marcharan de allí al morir el marido.

Dos poetas, que viven dentro de un Enebro, en una isla gigante en medio del mediterráneo, perdidos en algún lugar de la vasta intacta vegetación. Más romántico imposible. Pequeños secretos que la isla, y su gente, me va haciendo llegar y me van enseñando sobre esta cultura interminable.

 

Al día siguiente sigo, ahora ya sí, hacia la Costa Verde. Pretendo llegar a Piscinas; una playa con las dunas más grandes del mundo dicen y donde probablemente este solo a estas alturas del año.

Antes paso por innumerables lugares abandonados, absurdos y tétricos. Recorro el pueblo de Arbus, ubicado en lo alto de la montaña, con un sentimiento extraño por dentro. Cuando estudiaba fotografía en Lisboa nos leímos un libro que recuerdo hablaba mucho de “Arbus”. No recuerdo si “Arbus” era el nombre del autor o el nombre de su obra. Pero sí recordaba que era una obra fotográfica que aludía a lo monstruoso y al dolor. Eso sumado a que me habían contado que en Arbus había una cárcel un tanto peculiar me ponía el pelo un poco de punta. Sobretodo pensar que después de pasar por Arbus no había marcha atrás porque me adentraba en lo salvaje.
Después de Arbus y con el corazón a tope del desnivel que llevo, no dejo de encontrarme construcciones abandonadas. Me parecía ya ver el mar pero todavía había mucho bosque de por medio y varios puertos de montaña. Está lleno de viejos raíles, de naves de ladrillo antiguas abandonadas, lugares donde se siente un pasado algo oscuro. Hay herramientas de trabajo entre materiales abandonados que la naturaleza ha empezado a devorar.
Son viejas minas de Zinc y otros minerales abandonadas. Y yo no sé cuántos kilómetros me quedan pero me estoy agobiando ya allí dentro de los valles.


Poco a poco y entre fascinado y aterrado, voy bajando cada vez más rápido hacia el nivel del mar. Tanto que pierdo las pastillas del disco trasero, se han acabado. Solo llevo las de delante ahora. Empieza el camino de tierra, sigo bajando, llevo como una hora bajando todo lo que he subido.
El bosque profundo de encimas, enebros y alcornoques ha empezado a mezclarse con otro tipo de paisaje que me tiene sorprendido. No entiendo bien qué ocurre. Ahora son pinos, sabinas, algún olivo, juncos, y en lugar de tierra empieza a haber arena.
Un momento, detengo mi bici. Esto no es ni bosque ni nada. En medio del camino de tierra hay demasiada arena. Miro a mi izquierda y es verdad, no hay bosque, lo que hay son dunas. Son dunas gigantes de arena que parecían colinas pero no lo son.
Absorto con el tema de encontrarme en un bosque de dunas después de haber cruzado minas abandonadas llenas de fantasmas no me doy cuenta de que enfrente de mí hay dos ciervos mirándome.
Ahora ya sí que no me lo puedo creer. Estoy solo, en un lugar al que no sé ni cómo he llegado. Hay dunas gigantes a mi lado, el mar al fondo. ¿Y dos ciervos mirándome? Espera que me voy a reír un rato y luego lo voy a volver a mirar.

Después de los ciervos y durante unos veinte minutos arrastro mi bici por la arena, totalmente solo, para llegar hasta el mar. Una playa a la que no le veo límite, donde no veo a nadie y donde hay un mar perfecto para bañarme. Hace algo de fresco pero no voy a dejar de bañarme. Lo suelto todo, me desnudo y buceo en el mar. El agua está helada pero da igual, me acoge, me hace disfrutar de aquel momento, de darme cuenta de lo que estoy haciendo. Y de disfrutar del viaje. De estar haciendo algo que nadie más que solo yo está haciendo.

Y de estar viviendo el Mediterráneo con toda la fuerza. De descubrir la pureza de esta isla. De viajar hasta las raíces más inocentes del Mediterráneo que todavía no saben nada de los humanos, ni de los postes de luz ni las carreteras.

Miro las previsiones y vuelve a entrar otra marejada fuerte. En cuanto salga de aquí, de la Costa Verde, estaré cerca de las olas buenas de nuevo. Será la última vez que vea las olas en la isla.
Suerte.

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Días 9, 10 y 11 “Il coltello in bocca”

Son las 6:45 de la mañana y Marco y yo vamos en el coche. El sol aparece haciendo brillar su cara. Todavía no se ha ido la niebla de los campos labrados. Excepto por los flamencos que amanecen tan rosados, los halcones pelegrinos en los postes de madera y algún que otro conejo no hay nadie más en el camino que nosotros. Me está contando la historia de cómo empezó el surf en la isla. Con el “Coltello in bocca” como dice él. El lago oscuro del surf lo llama. La gente que se atrevió a meterse al agua por primera vez en la isla con una tabla llegada de California pensaron que solo ellos eran dueños de poder estar haciendo eso. Ese mensaje se transmitía a los siguientes y así Marco andaba con el cuchillo en la boca. Es decir, atento a que nadie absolutamente pudiera surfear más que ellos. A medida que avanzamos, ahora en un bar con un “machiatto”, me cuenta cómo se lamenta de haber pensado así. Dice que ha sido el vivir en una isla y recibir a tanta gente de fuera lo que le ha hecho aprender a disfrutar del surfing de verdad y a cambiar su forma de pensar. Él nunca imaginó que existía otra forma de vivir el surf. El lado bueno. Porque la única forma de disfrutar de algo es compartiéndolo.

Seguimos con nuestro camino e intercambiamos anécdotas acerca de la eterna discusión del localismo en el mundo del surf y del absurdo conflicto que a veces se genera y que tanto apaga la verdadera esencia de disfrutar de estar en el mar. Días atrás habíamos compartido varias puestas de sol en el agua. En la isla, al contrario que en casa, el sol se pone por el mar. Y las olas se vuelven de color rosa. En la isla es todo más bonito porque es una isla. Salgo del agua y me cambio junto al frío del anochecer. Ya no queda nadie después de hablar con el chico del singlefin que hace tortitas y vive en su furgo. Pillaba una ola Marco, luego él luego yo. Una Marco, otra él y luego yo. Y así hasta que el día acaba. Cargo la tabla a la bici y recorro un par de kilómetros para llegar a casa. A casa de Marco. La Luna brilla pero todavía no se ha ido la luz. Todos los animales salen ahora y yo les atiendo a mi paso con la bici. No hago ruido y escucho el sonido del silencio mientras huelo la humedad de la noche. Entre las palmeras me sorprende una bola negra que atraviesa el aire más rápido que yo. Va casi a mi lado con la bici y se deshace en el aire. No dicen nada más que su aleteo en el aire. Son los pájaros que vuelan de una palmera a otra. Se ve la luz y se ven las estrellas. Llego a casa y la cena está lista. La perra mueve el rabo. Se oye alguien al teléfono hablando Sardo. Mañana será otro día.

 

He vuelto a ir a ver a los caballos atravesar la estrella en Oristano. Esta vez con Alessandro, su pareja Mónica y sus amigos. Quedo con ellos donde están haciendo a los corderos al fuego en la plaza “Tharros”, enfrente de la heladería. A mi paso por la calle saludo a Ángelo, un amigo, y me dirijo a mi encuentro. Hacía diez minutos había ido al Drim café a saludar a Paola, la hermana de Graziella y me había invitado a un par de birras mientras veía el desfile desde dentro y leía “L´unione sarda” con las piernas cruzadas a lo interesante. Me siento ya de aquí; saludo a la gente, hablo en Italiano, empiezo a conocer las costumbres y me voy comiendo una zípole. Una cosa típica en fiestas y que está llenísima de azúcar y por eso no puedo parar.
Alessandro Toco es fotógrafo y desde la ventana de su estudio, antes de llegar a la plaza Tharros, me grita “Attila” con dos “T” como lo dicen ellos. “Sube aquí corre que estamos en el estudio”. Voy para arriba y me dan Vernacha en una botella de plástico y con chupitos de plástico. La cosa empieza como debe de empezar pienso. Vernacha es una especie de vino blanco que se toma en la isla en fiestas y con lo que uno debe emborracharse si pretende sumergirse en la cultura sarda.

Pasamos toda la tarde caminando por las calles de Oristano al ritmo de los caballos que desfilan. Me llevan a ver la Mostra Mediterránea, a comer paninos, a beber más vernacha, y a saludar absolutamente a todo el mundo que se cruzan con tres besos en la mejilla hasta que llegamos al momento final del carnaval. No sé si Oristano es tan pequeño como para que se conozca todo el mundo pero creo que no existe nadie en toda la ciudad que Alessandro no conozca. En general los Sardos me da la impresión de que son muy cariñosos, se llaman por los apellidos y se sonríen además de besarse en la mejilla cada vez que se cruzan. Es el evento del año, llevan mucho tiempo preparando esta fiesta y para ellos es muy importante.

Mientras Alessandro acomete sus actos sociales discutimos acerca de fotografía, de la opinión que tienen los fotógrafos italianos sobre los españoles, hacemos fotos de lo que nos resulta curiosos, comemos zipole y finalmente llegamos al final. Nos subimos al coche de Alessandro, un Lancia como no; aquí solo hay Fiat y Lancia y me llevan a casa mienntras hablamos de la vida los tres.
He hecho muchos buenos amigos y me da pena despedirme pero es momento de irse. Tengo que continuar con el camino porque no queda tanto tiempo y todavía tengo que subir hasta Porto Torres para coger el ferry desde allí. Marco me advierte de que lleve cuidado hacia donde voy. Debe ser la zona más salvaje de la isla. Me pregunta que si llevo un cuchillo. No es que sea peligroso pero hay muchos animales y si voy a acampar habría que ser precavido, sugiere. No quiero ni pensarlo. Me apetece tantísimo ver lo profundo de la isla que me pongo nervioso de la emoción pero al mismo tiempo me aterra la sensación de otra vez tener que volver a pasar por noches de invierno solo en algún lugar sin nadie. A veces el hecho de ir en la bici y saber que hasta el siguiente lugar habitado quedaría bastante esfuerzo es algo que me preocupa. Me preocupa solo pensarlo porque una vez en el camino siempre encuentro gente que me ayuda. No sé si será que son islas o qué pero siempre que viajo la gente me recibe con los brazos abiertos.

Se acabó. Cruzo el puente de Marcedi y me adentro en lo profundo. Me tiemblan un poco las piernas. Vienen las curvas. El viento, la sed y las horas hablando solo. A mi alrededor cualquier pueblo suizo se queda corto. No me puedo creer, otra vez, que esto sea el Mediterráneo.
Ya se me ha olvidado a qué venido. Bajo plato y me pongo a subir. Espero que sea suave. No hay victoria sin dolor.

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Días 6 y 7. La bella vita

Hoy iba en el coche con Graziela al atardecer. El sol se escondía entre los naranjos y los almendros en flor. A nuestros lados campos labrados y olivos. Las ventanas bajadas para oler el mirto y la miel. Graziela me cuenta que lo importante en la vida es conformarse y disfrutar de lo que uno tiene. Que todo lo que ocurre en la vida ocurre porque tenía que ocurrir así que solo queda disfrutar de lo que uno tiene. Vivir “la bella vita” dice. Y me quedo con la frase.

Hacía un par de días yo llegaba desolado cerca de Graziella y su familia. Eran las 18:00 de la tarde, yo había pedaleado mucho para llegar a las olas y al llegar aquello era un desaliento. No había nada ni nadie. Todo salvaje, mar por todos lados pero nada más que mar.
Hasta que toqué a Capo Camp a la puerta y me abrieron.
Llevo aquí varios días y lo único que pienso es que me va a costar mucho irme de aquí. Siempre me pasa lo mismo; cuando viajo conozco tanto a la gente con la que estoy que luego me da una pena tremenda irme. Es lo peor de viajar pero por eso es un viaje.

Marco, el hijo de Graziella, gestiona el Capo Camp. Se trata de una casa inmensa enfrente del mar donde se viene a hacer deporte. En verano uno viene aquí a aprender a surfear, montar en bici, navegar, hacer yoga, ir en piragüa y en fin, todo lo que tenga que ver con el deporte.
Ahora en invierno está cerrado pero a mí me han acogido y a las 13:00 todos los días la comida está puesta y no se puede faltar. Me dan de cenar, me llevan a casa de la tía y comemos pizza juntos.
Creo que es la primera vez en mi vida que vivo la cultura italiana tan desde dentro.

Graziella es la mítica abuela italiana de los anuncios de la televisión y yo es que casi no me puedo creer lo bueno que está cada cosa que prepara. Ella se ríe de las caras que pongo pero es que es una tradición por la cocina asombrosa la que tienen aquí y cómo se lo toman de en serio el tema de sentarse a comer.
He comido cosas como sopa de tapinambur con quinoa rodeada de burrata, habas con cebolla hervida y arroz, patatas hervidas con alcahofas y un queso que no sé ni cómo se llama, pastel de atún, un postre que se llama zipola, típico durante los carnavales de Oristano y en fin, un montón de cosas elaboradísimas típicas sardas que me han hecho ver lo importante que es para ellos comer bien. Lo de la dieta Mediterránea es esto. Eso de “cómo se come en italia”, eso que se dice cuando uno va a Venecia un fin de semana, ahora lo estoy viendo yo pero de verdad.
No le cabe a Graziella el corazón en el pecho y no sé cómo voy a agradecerles lo que están haciendo por mí.

Marco me dijo que no me preocupase que me iba a llevar a pillar olas estos días. Es una persona tranquila, con cara de bonachón y con su familia en Italia. Ellos vienen en verano pero en invierno solo viene Marco para preparar todo para la temporada.
La noche que entró el viento me llevaron a comer pizza con las amigas de grazziella, Paola su hermana y Lucia, que da unos cursos de orientación para mujeres en el camp.
En un momento me vi en una mesa de un ristorante italiano con “dj” en directo rodeado de unas diez señoras que me vacilaban en sardo y bebían birra a la vez que comían pizza.

Marco es una especie de referente del surf en la isla. Organiza campeonatos, promueve el deporte y el surf en concreto y ha acogido a surfistas de todos los lugares del mundo para venir a grabar películas y cosas así. Mientras me enseña fotos con Dave Rastovich y Chris del Moro llegamos al point.
Me quedo perplejo. No me puedo creer que con una noche de viento haya el maretón que estoy viendo. Incluso está demasiado grande donde estamos viendo para entrar con las tablas que llevamos.
Cambiamos de sitio; está lleno de olas por todos lados. Yo nerviosísimo. Hay calas orientadas al norte, playas al sur, cabos al oeste. Rompe por todos lados. Me doy cuenta de la calidad que hay en esta isla. No quiero ni pensar las olas que hay aquí cuando entre un temporal fuerte. Esto no parece el Mediterráneo, casi que me parece más un buen destino de surf que un mar tranquilo.

Surfeamos sin parar día y noche y comemos los inventos que Graziella prepara: piñones, nueces, almendras y avellanas al horno con chocolate por encima, miel y café.  Y la cosa se termina en un par de días bastante rápido.

Aun así no me dejan irme porque todavía tienen que enseñarme la “Fertiglia” los carnavales más famosos de la isla donde, resumidamente, unos cavalleros vestidos con máscaras trambólicas galopan por todo Oristano con una espada apuntada hacia el frente para, en un punto en concreto, atravesar una estrella diminuta que colocan en el aire. Si la atraviesa el público emocionado lo celebra y ese año las cosechas serán buenas. Si falla el público se entristece bastante.

Tendría que continuar con mi camino pero no puedo saber cuándo me iré de aquí. Yo ya soy uno más aquí. Agradecido a la familia de Graziella de poder conocer la cultura de una isla de esta forma.
Aprendiendo a viajar, disfrutando de la vida, viviendo la “bella vita” del Mediterráneo.

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