Días 6 y 7. La bella vita

Hoy iba en el coche con Graziela al atardecer. El sol se escondía entre los naranjos y los almendros en flor. A nuestros lados campos labrados y olivos. Las ventanas bajadas para oler el mirto y la miel. Graziela me cuenta que lo importante en la vida es conformarse y disfrutar de lo que uno tiene. Que todo lo que ocurre en la vida ocurre porque tenía que ocurrir así que solo queda disfrutar de lo que uno tiene. Vivir “la bella vita” dice. Y me quedo con la frase.

Hacía un par de días yo llegaba desolado cerca de Graziella y su familia. Eran las 18:00 de la tarde, yo había pedaleado mucho para llegar a las olas y al llegar aquello era un desaliento. No había nada ni nadie. Todo salvaje, mar por todos lados pero nada más que mar.
Hasta que toqué a Capo Camp a la puerta y me abrieron.
Llevo aquí varios días y lo único que pienso es que me va a costar mucho irme de aquí. Siempre me pasa lo mismo; cuando viajo conozco tanto a la gente con la que estoy que luego me da una pena tremenda irme. Es lo peor de viajar pero por eso es un viaje.

Marco, el hijo de Graziella, gestiona el Capo Camp. Se trata de una casa inmensa enfrente del mar donde se viene a hacer deporte. En verano uno viene aquí a aprender a surfear, montar en bici, navegar, hacer yoga, ir en piragüa y en fin, todo lo que tenga que ver con el deporte.
Ahora en invierno está cerrado pero a mí me han acogido y a las 13:00 todos los días la comida está puesta y no se puede faltar. Me dan de cenar, me llevan a casa de la tía y comemos pizza juntos.
Creo que es la primera vez en mi vida que vivo la cultura italiana tan desde dentro.

Graziella es la mítica abuela italiana de los anuncios de la televisión y yo es que casi no me puedo creer lo bueno que está cada cosa que prepara. Ella se ríe de las caras que pongo pero es que es una tradición por la cocina asombrosa la que tienen aquí y cómo se lo toman de en serio el tema de sentarse a comer.
He comido cosas como sopa de tapinambur con quinoa rodeada de burrata, habas con cebolla hervida y arroz, patatas hervidas con alcahofas y un queso que no sé ni cómo se llama, pastel de atún, un postre que se llama zipola, típico durante los carnavales de Oristano y en fin, un montón de cosas elaboradísimas típicas sardas que me han hecho ver lo importante que es para ellos comer bien. Lo de la dieta Mediterránea es esto. Eso de “cómo se come en italia”, eso que se dice cuando uno va a Venecia un fin de semana, ahora lo estoy viendo yo pero de verdad.
No le cabe a Graziella el corazón en el pecho y no sé cómo voy a agradecerles lo que están haciendo por mí.

Marco me dijo que no me preocupase que me iba a llevar a pillar olas estos días. Es una persona tranquila, con cara de bonachón y con su familia en Italia. Ellos vienen en verano pero en invierno solo viene Marco para preparar todo para la temporada.
La noche que entró el viento me llevaron a comer pizza con las amigas de grazziella, Paola su hermana y Lucia, que da unos cursos de orientación para mujeres en el camp.
En un momento me vi en una mesa de un ristorante italiano con “dj” en directo rodeado de unas diez señoras que me vacilaban en sardo y bebían birra a la vez que comían pizza.

Marco es una especie de referente del surf en la isla. Organiza campeonatos, promueve el deporte y el surf en concreto y ha acogido a surfistas de todos los lugares del mundo para venir a grabar películas y cosas así. Mientras me enseña fotos con Dave Rastovich y Chris del Moro llegamos al point.
Me quedo perplejo. No me puedo creer que con una noche de viento haya el maretón que estoy viendo. Incluso está demasiado grande donde estamos viendo para entrar con las tablas que llevamos.
Cambiamos de sitio; está lleno de olas por todos lados. Yo nerviosísimo. Hay calas orientadas al norte, playas al sur, cabos al oeste. Rompe por todos lados. Me doy cuenta de la calidad que hay en esta isla. No quiero ni pensar las olas que hay aquí cuando entre un temporal fuerte. Esto no parece el Mediterráneo, casi que me parece más un buen destino de surf que un mar tranquilo.

Surfeamos sin parar día y noche y comemos los inventos que Graziella prepara: piñones, nueces, almendras y avellanas al horno con chocolate por encima, miel y café.  Y la cosa se termina en un par de días bastante rápido.

Aun así no me dejan irme porque todavía tienen que enseñarme la “Fertiglia” los carnavales más famosos de la isla donde, resumidamente, unos cavalleros vestidos con máscaras trambólicas galopan por todo Oristano con una espada apuntada hacia el frente para, en un punto en concreto, atravesar una estrella diminuta que colocan en el aire. Si la atraviesa el público emocionado lo celebra y ese año las cosechas serán buenas. Si falla el público se entristece bastante.

Tendría que continuar con mi camino pero no puedo saber cuándo me iré de aquí. Yo ya soy uno más aquí. Agradecido a la familia de Graziella de poder conocer la cultura de una isla de esta forma.
Aprendiendo a viajar, disfrutando de la vida, viviendo la “bella vita” del Mediterráneo.

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Gracias a todos los que hacéis posible que esto funcione.

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