Día 5. Camino a “Putzu idu” la mejor zona de surf de la isla

André y yo nos despedimos ayer. Antes de ir hacia caminos contrarios nos dimos cuenta de que el carnaval acababa de empezar. Y el tío que más ruido hacía de todos los que estaban era obviamente Jan Pietro.
Estuvimos un rato viendo el carnaval y finalmente nuestros caminos se sepraron. Él hacia Porto Torres, de donde yo vine, y yo hacia el sur, hacia las olas.

Estos días con André han sido un poco como padre e hijo. André, de 56 años, flaco como un palo y fuerte como el vinagre es, a parte de muy buena persona, “ski patrol” en Mont Tremblant, Canadá. Se dedica a cuidar el monte, a cuidar las pistas de esquí y a que los japoneses turistas se hagan fotos con él en la moto de nieve.
Vive en una casa en el campo con sus dos hijos. Va a trabajar corriendo o en bici y la mitad del año vive a menos 20 grados. Me ha contado que con la ayuda de una segadora ha unido un camino que se ha inventado con uno que ya hay hecho para poder llegar al trabajo campo a través.
Me lo he cruzado en bici por un motivo. Hace algo así como dos años su mujer murió de cancer. Un año después perdió a otro hijo de cancer también. Con ella había viajado en bici y por eso, al perderla, decidió emprender de nuevo este viaje. Cuando yo me lo crucé en Bosa el tío ya llevaba recorrida toda Italia de norte a sur y ahora iba de camino a Córcega a escalar con su pareja y estaba muy contento de ir hacia allá.

Con 23 años recorrió California entera, luego Europa en Tándem con su mujer, es escalador, maratoniano, padre y un personaje en toda regla. Lleva en la bici un ukelele y dos armónicas que combinamos juntos con mi flauta irlandesa.
Todo le parece bien, hablamos de todo, de cómo somos los ciclistas, de cuánto nos gusta ir en la bici y por la noche me dice que me invita a una pizza.
Por fin voy a comerme una pizza Italiana. Creo que no he visto ni un solo restaurante en la isla que diga “Ristorante” y abajo no diga “Pizzeria”. Todos, absolutamente todos, hacen pizza. Pizza por todos lados. Cada vez que me subo a la bici hay pizza, huele a pizza, las señales dicen pizza a 10km. Es como una tortura; pero no entra dentro de mi presupuesto comer pizza. Ni pizza al taglio ni pizza de ninguna manera.
Eso sí, esta vez André invita.

Nos recomiendan Sa Bischetta. Al entrar nos damos cuenta de que nuestras botas de ciclistas, mayas de lana de merino y nariz rojas no pegan mucho con la elegancia del ambiente. Parece mentira cómo se llenan los sitios en la isla. A los sardos les encanta salir; incluso en un pueblo como Bosa, de 8.000 habitantes, que a las 21:00 de la noche no tiene mucho movimiento, los restaurantes están llenos.
Sea como sea allí estamos; la simpática y elegante camarera nos coloca un precioso mantel y nos muestra una amplia sonrisa a pesar de nuestras caras quemdas de montar en bici.
Una pizza de despedida. Continúo con mi camino hacia las olas.
Por lo que leí antes de empezar el viaje me dirijo a donde debo ir. El lugar de las olas. Es una península que con casi todos los vientos tiene olas. Digo que lo sé porque lo he leído; si fuese por las preguntas que hago en el camino acabaría en Tenerife. Los sardos no suelen viajar más de 17km. Y cuando les pregunto acerca de los siguientes 20km no saben de qué les hablo. Aunque siempre muy amablemente me responden e intentan ayudar. Cosa que por cierto he agradecido mucho.
Por la carreteras de esta isla se viaja muy agradablemente. No hay tráfico, la gente es amable y sobretodo y más importante para un ciclista; es muy seguro. No he tenido todavía ninguna sensación de pasar por algún lugar en el que tenga que tener algo de cuidado.
Se respira en toda la isla un ambiente de tranquilidad y sosiego absoluto. Cómo será en verano no lo sé pero ahora solo hay una palabra: belleza
Desciendo de las montañas entre campos y olivos y atrás dejo los verdes valles de mirto, una planta con la que hacen aquí un licor delicioso y que ya me han ofrecido un par de veces.
Por lo que voy recorriendo en la bici parece que esté llegando a un punto sin retorno. El día está filtrado con una capa de niebla que oculta el sol y calma el viento. Cada vez hay menos casas, más campos labrados, no se mueve nada ni hay nadie. Cojo un camino de tierra como de unos 20km para llegar a Putzu Idu; la promesa de este viaje. Si no pillo olas aquí se acabó la cosa.
Me pregunto cómo puede ser que si esto es una zona tan buena para el surf no haya absolutamente nada más que campo, cuervos y estanques. No se mueve ni el mar. Aquí no vive nadie ni hay nada. El mar está más plato que una bañera. Pero todo va a cambiar pronto pienso. Es raro que esté el día tan tranquilo; algo va a ocurrir quiero prometerme.

Llevo unas seis horas pedaleando. Es decir 60km. A 12km/h aprox de media, más unas 20 paradas para comer queso brie con pan y nueces y avellanas y miel y todo lo que pille, mi ritmo de caracol habitual.
No puedo más y busco un lugar donde no entristecerme demasiado con tanta soledad.

Pero, y como siempre, ocurre algo que cambia las cosas. Hay un cartel, un perro que ladra, una casa con tablas de surf y un timbre al que tocar.

Y ahora mismo me llaman para ir a por otra pizza. Me tengo que ir. Es viernes. El viento acaba de entrar hace un par de horas muy fuerte. Y mañana promete.

Cruzo los dedos.

img_3655img_3659img_3692img_3721img_3734img_3797img_3798img_3802img_3817img_3831img_3839img_3842img_3852img_3865img_3869img_3872

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s