Día 4. “Vora dae coru, vora dae pensamentu”

“Lejos del Corazón. Lejos del pensamiento”. Hoy estaba junto al malecón comiendo con André unas patatas con salchichas. Debajo de mis pies descalzos el mar tranquilo y transparente. Corría una brisa invernal agradable y el sol nos tostaba la espalda. No había nada más de qué hablar entre André y yo que no fuese el simple hecho de agradecer semejante tranquilidad.

Un hombre con el pelo alborotado, una chaqueta de pana muy usada y una bufanda con olor a trasnochado se tumba a nuestro lado. Muy al borde del mar casi a punto de caerse y en posición fetal se dispone a dormir. Detrás viene su amigo Jan Pietro; quien recita al aire alguna poesía y viene directo hacia nosotros hasta que me abraza y me dice “Vora dae coru, vora dae pensamentu”. Apunta con su dedo a la bahía de Bosa y exclama lo bello que es.
Jan Pietro también parece haber trasnochado pero tiene una cara impoluta. Rebosante de amor y alegría nos cuenta cómo echaba de menos su casa, Bosa, y cómo el amor le había llevado a vivir a otro lugar.
Me habla a unos dos centímetros de distancia y habla con un acento curiosísimo. Es un tío enamorado de su vida y de su tierra. Estaba claro que Jan Pietro era el personaje Bosano por excelencia.

Él y su amigo Mauricio el trasnochador, junto a sus mujeres, venían desde Austria para volver a casa, a Bosa, por los carnavales. De la emoción que tenían de volver a casa habían pasado toda la noche bebiendo sin dormir hasta que se encontraron con nosotros. Obviamente Jan Pietro no se ha permitido hacer de mal anfitrión y nos ha invitado a unas cervezas en el pueblo al mismo tiempo que abrazaba a tanta gente que se acercaba a él con cariño.
Tiene razón; Bosa es un lugar especial.

Un poco más tarde me encontraba pedaleando junto al río Temo. Era el atardecer y el sol brillaba entre nubes densas.
El camino que discurría entre los pastos y las granjas se adentraba en el valle y los rayos del del atardecer se flitraban entre los olivos.
Detengo la bici para tumbarme sobre la hierba mullida debajo de uno de los olivos. Huele mucho a aceite y quiero respirar un rato. El cencerro de las ovejas retumba en las montañas, el pastor pone su música italiana a todo volúmen y canta al tiempo que camina.
El sol está cayendo y me da en la cara justo detrás de un almendro en flor. Miro hacia arriba, hacia la cima de la montaña donde está el castillo, a través de los cactus, piteras y hugos chumbos y siento el Mediterráneo más que nunca.

La sensación de plenitud se apodera de mí. La madre tierra me vuelve a abrazar. Solo hay paz en esta isla.
El sol se ha puesto y los campos de camino a la plaza del pueblo están rosados. Las calles empedradas ya empiezan a tener humedad y la gente está en la calle.
Jan Pietro es el alma de la plaza. Abraza y saluda a todo aquel que se encuentra.

Se llama Bosa; un pueblo mediterráneo con un ritmo especial.

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