Día 3. Alguer – Bosa

Dejo Alguer o Alghero o L´algher, con tanto follón de lenguas ya no sé cómo lo dicen ellos, y me dirijo a Bosa. Me han contado que es un lugar con un encanto especial. La señora del último mercadito en el que compré queso brie y tomates me dijo que la carretera hasta Bosa era una de las más bonitas de la isla.

Son unos 50km con mucho desnivel y arrastrar el carrito por las cuestas lleva horas. Salgo pronto y con muchos ánimos. Normalmente las rutas con mucho desnivel me llevan a hacer aproximadamente unos 12km/h de media.
La predicción del viento era del noroeste y yo voy hacia el sur así que buenas noticias. Pero tan pronto como cruzo la primera curva el viento húmedo frío me pega en la cara insinuándome que si pretendía llegar a Bosa así lo tenía claro.

Me da igual, ahora ya sigo hacia delante tarde lo que tarde.
El camino se empieza a enrevesar. Los valles se pronuncian todavía más. Gano altura. Bajo plato. El cielo está cubierto. Huele a miel. Miro a mi alrededor y no doy crédito. Más que en el Mediterráneo parece que esté en Irlanda. Siento la humedad en mi nariz, se escuchan los cencerros de las vacas que se asustan a mi paso. Junto a ellas las ovejas, las cabras y los burros. Hay de todo menos gente. Vuelvo a fascinarme con lo salvaje que es la isla y vuelvo a darme cuenta de que nunca imaginé que fuese a ser así.

La ruta se complica un poco. Hago una parada inesperada y me como los tres huevos duros que había preparado la noche anterior en el Bed & Brekfast del Alguer. Cuando quiero continuar me doy cuenta de que mi carrito está pinchado. Tercer pinchazo en tres días. De momento el ritmo es constante, no hay de qué preocuparse, a pinchazo por día. Me va a costar más los pinchazos que los huevos duros.
Saco la cámara y hay dos pinchazos. Son como espinas de cactus. Las veo clavadas en la cubierta. No es que esté desgastada la goma es que hay muchos pinchos. Solo me queda un parche de todos los que he gastado así que cojo parafina de la tabla y tapo el segundo agujero. La cosa funciona.

Más adelante me como una naranja que me regaló alguien ayer. Observo atónito las vistas y decido que es el mejor lugar del mundo para comerme una naranja y para volar mi drone. Sí, también llevo un drone en la bici. A los chicos de Tranquini, una marca de bebidas relajante que está abriendo mercado en España, les gustó mi idea y quisieron apoyarme en este viaje.
Antes de volar el drone me termino la naranja y pienso en la naranja. Todas las frutas y verduras que me he comido en la isla están especialmente buenas. Todo tiene el sabor que las cosas deberían tener. Las mandarinas saben a mandarina, los tomares son rojo intenso y explotan de sabor y as naranjas refrescan más que una horchata en verano.

Total, que todavía con unos 25km por delante y las piernas algo tocadas, decido volar mi drone y disfrutar de aquel lugar que tan emocionado me tenía.

Cuando llego a Bosa subo hacia el castillo medieval para ver las vistas desde allí. Voy a volar el drone de nuevo porque las vistas son increíbles. Bosa es un pequeño pueblo medieval construido a orillas del estuario del río Temo y rodeado por valles y mesetas en el que se respira una personalidad especial. Para mí el hecho de que encima un lugar así esté en una isla todavía lo hace más especial. Justo antes de volar el drone, a las faldas del castillo, veo una bici con equipaje apoyada en una de las paredes del castillo y un hombre tocando un ukelele.

Me acerco a él casi gritándole de la emoción de creer haber encontrado a alguien que viaja en bici como yo.
Tiene pinta de haber viajado mucho. Cara de vivir en la montaña y vivir al exterior. Me recibe con una sonrisa divertida. Se llama André, es canadiense, tiene 56 años y ya lleva recorrida Italia entera. Ahora está recorriendo Cerdeña para encontrarse con su pareja en Córcega y dice que va a pasar la noche allí.
Esta mañana me he despertado con el sonido del ukelele que tocaba sentado en el suelo a mi lado.  

Y de momento vamos a pasar unos días juntos. Creo que tenemos bastantes historias que contarnos. Sobre todo él, que en los años 80 recorrió California en bici entera, luego se detuvo, formó una familia y ahora vuelve a viajar.

Dice que a uno, al que le gusta viajar, nunca se le pasa el vicio.

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