He llegado a la isla

Día 0 de “Gregal”. He llegado a la isla.

Salí de casa hace unos días para, a trancas y barrancas, llegar a esta isla. Cada vez que salgo de viaje pienso en si nunca voy a ser capaz de ser más organizado. Creo que de tanto decirmelo a mí mismo la cosa empeora. Como cuando uno es tartamudo y se pone nervioso porque se lo dicen; pues yo igual. Probaré otras técnicas.

Atrás dejo las lágrimas de ella que me piden no partir. También la casa de Manu y Mieria en Barcelona. Voy totalmente descontrolado y desorientado por las calles de la gran ciudad.
Es viernes por la noche, la gente va vestida de invierno y con pinta de haberse preparado para un viernes. Yo voy con unos pantalones bastante cortos, unas luces que deslumbran a cualquiera que me cruzo y un montaje muy extraño que no parece combinar bien con un viernes por la noche. No sé por qué estoy haciendo esto pienso.
La Segrera, Torre Agbar, Razzmatazz, Parc de la Cituadella no tengo ni idea de dódne estoy pero voy recorriendo de norte a sur toda la ciudad con mi aparatoso vehículo a prisa y corriendo porque, como no, llego bastante tarde.

Consigo llegar a tiempo. En la cola unos mallorquines me preguntan alucinados por mi curioso montaje. Ellos van de viaje también pero en moto.

Me subo a un barco gigantesco. Me siento muy aliviado de no tener que haber dado explicaciones de que perdí el barco.
Hay más camiones de carga y ruidos industriales que personas. Intento subir por un ascensor que huele a aceite de máquina y el botón de llamar está más ennegrecido que la mano de un mecánico pero me prohíben la entrada con un idioma que ni reconozco y me mandan a unas escaleras.
Por fin llego a donde voy a pasar las siguientes 14 horas. Por lo que veo la gente a mi alrededor ha vivido esas 14 horas bastantes veces. Las luces son entre deprimentes y relajantes, el suelo no está del todo limpio y las butacas son de un plástico usado muy confortable comparado con un cáctus del desierto. Corre una mítica brisa incómoda que te enfría los riñones al tumbarte.
No importa, el que llevo delante se ha montado una cama improvisada bastante apetecible y, mientras come cosas que huelen a otro país, me hace entender que o me monto mi cama improvisada o alguien me quitará el hueco. Desde ese momento hasta aproximadamente 10 horas después me duermo. Algo poco sorpendente en mí pues tengo esa habilidad de dormirme automáticamente en calquier sitio que requiere dormirse.

Llego a mi destino después de haber olisqueado todos los rincones posibles del gigante flotante; la sala reservada para camioneros, la sala de juegos para ludópatas, las piscinas exteriores vacías donde algunos empleados fuman cigarros especiales y otros lugares curiosos de un edificio que transporta a gente por el Mediterráneo de oeste a este y de este a oeste cada día.

Llego a mi destino. Esta vez no viene a recogerme “Jake”, ni sus amigos surferos, ni me invita nadie a dormir a casa ni hace sol ni nada de nada. Está medio lloviendo. Hay unos edificios abandonados enfrente de mí y una de las ruedas de mi carrito reventó la noche anterior.
Me apresuro en buscar una gasolinera porque la bomba que llevo es para las ruedas de la bici de paso fino y no las del carrito de paso ancho. Cambio la cámara y me voy a ver la población más cercana.

Por fin en la isla. Ya estoy en una isla muy lejos de casa y en el mismisimo medio del Mediterráneo. La verdad es que no parece una isla; me recuerda un poco a los pueblos portugueses. Esos en los que está todo como medio abandonado y los edificios tienen musgo por las esquinas. Hay algunos barcos varados que parecen todavía estar descansando de la dura temporada estival; algunos pescadores entran a puerto y yo investigo. Palmeras, olor a lavanda o algo parecido, calas de mar azul y luz de invierno.

Estoy aquí. Viviendo una isla. Surfeando el Mediterráneo. Ahora solo falta que llegen las olas.

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Gracias a todos los que hacéis posible que esto funcione.
🙂

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