#dontfollowthisbike capítulo 38 de Kaikoura a Christchurch

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Capítulo 38, viviendo una semana en Kaikoura, surfeando derechas, con las focas, pescando, carreras, cabras  y de camino a Christchurch para hacer el último tramo de este viaje. Casi que todavía no he asimilado que dentro de diez días esto se acabó.

En el capítulo anterior contaba el camino hasta Kaikoura pero cuando lo estaba escribiendo me llegaron un par de mensajes alertando de un Tsunami esa noche. Yo tenía la tienda justo al lado del mar así que tuve que dejar de escribir para cambiar la tienda de sitio. Yo vivo en el mediterráneo, eso de Tsunami me suena al fin del mundo. Nunca he visto uno; estaba acojonado. ¿En serio el mar se iba a llevar mi tienda? Pero cómo iba a ser, ¿una ola preciosa enorme? ¿O va a venir el mar muy furioso y revuelto a llevarse todas las tiendas de campañas de ciclistas que vivan cerca del mar?

Pues al final esa noche resultó no ocurrir nada pero al día siguiente estuve surfeando y algunas de las series venían más grandes de lo normal. Así que todo genial con el Tsunami. El día de mi cumpleaños por cierto.

El caso es que llevaba tiempo con muchas ganas de llegar a Kaikoura. Según el mapa, al ver el relieve, parecía un sitio muy imponente, con sus focas y montañas nevadas, lejos de la civilización y con olas buenísimas por todos lados.

El hecho de que las aguas de Kaikoura son muy profundas sumado a las bajas temperaturas hace que vivan en esa zona todo tipo de bichos en el mar. Las focas están por todos lados; son muy territoriales y según el mes pueden llegar a ser un poco agresivas. A mí no me han mordido pero he oído a surferos que lo cuentan. Huelen muy fuerte y no tienen sentido auditivo pero en cuanto te ven se ponen a gritarte que te vayas de su lado.
A veces me he encontrado alguna muerta y por fin he podido investigarlas. Son muy suaves, tienen una capa de carne gordísima y unos buenos dientes.

Además de las focas hay tiburones, porque comen focas, mucho marisco, delfines que vienen a visitarte y focas que vienen a ver los alemanes. Ah no, creo que son los alemanes los que contratan un avión que te lleva a verlas. También hay mucho Kahawai, que es un pescado típico de la zona, muchas vacas, conejos, caballos, cabras, y sobre todo muchos granjeros surferos.

Mi vida en Kaikoura empieza desde que conozco a Owen. El día que llegué a la primera zona  donde rompen las olas el tema estaba funcionando y había olas. A unos quince kilómetros de Kaikoura.
Ya se me revolvía el estómago de los nervios por echarme al agua pero estaba un poco inquieto por poner el huevo esa noche. Ya era tarde, la ruta hasta allí me había llevado un tiempo, si me echaba al agua, al salir, iba a ser casi de noche. Seguramente, con toda esa nieve en las montañas, haría un frío que pela y no me apetecería ponerme a pedalear hacia ningún sitio así que andaba tanteando dónde dormir cerca de las olas.
Entonces veo una furgoneta como de los setenta, muy graciosa, que se para a ver las olas. Tiene pinta de que se va a quedar a dormir.

Me acerco corriendo a tocarle por la ventana y el dueño parecía estar ya preparado a hablar conmigo. Se ve que le llamó la atención ver mi tinglao en la bici. Igual que me llamó a mí la atención su furgo.

Hablo con él. Lleva gafas de aviador, una copa en la mano y un cigarro. Por el rabillo del ojo mientras hablamos me voy fijando en su coche. Es de madera por dentro, hecho a mano, tiene muchos trozos de papel con notas escritas, muchas conchas y un modelito de vestir bien colgando de una percha al lado del traje de neopreno.
Me dice que se llama Owen, él no estaba muy seguro de si se podía acampar por allí pero yo ya había investigado y me habían dicho que sí. Así que medio le convenzo y acabamos decidiendo dormir juntos esa noche y hacer una hoguera.

Entonces voy corriendo a cambiarme para entrar al agua. Owen y yo habíamos tenido buena conexión y yo estaba contento de saber que íbamos a pasar la noche juntos, cocinar lo que fuese, hablar un rato, mirar las estrellas, y surfear al día siguiente.
Antes de entrar al agua me cuenta que es periodista. Genial. Ya decía yo que nos habíamos entendido demasiado bien. Le contesto que yo también y al final pasamos un rato surfeando solos además de otro chico checo que llegó y descojonados del frío que hacía. Yo en ese momento todavía no tenía capucha ni escarpines de invierno. Cada vez que metía la cabeza en el agua se me paraba el organismo. Un dolor muy fuerte me recorría de cabeza a pies y miraba a Owen con cara de foca. Casi no podíamos remar ni con los dedos juntos.

Owen y yo pasamos unos días juntos y hacemos buenas migas. Me cuenta que vive en la furgo porque al ser periodista, escribe y vive desde allí. Me cuenta que escribe para un blog llamado The Scuttlefish y que se dedica a contar historias relacionadas con el mar. Una de las noches que intercambiamos historias, mientras me cuenta acerca de un reportaje que hizo a mí me suena familiar. Cuando me pongo a pensar resulta que yo ese blog ya lo conocía. Había leído la historia de una mujer que está dando la vuelta al mundo en barco en solitario y algunas otras historias muy bonitas.

Si eres periodista quizá no seas tan elegante como un abogado pero hay una cosa que no te la quita nadie. Y es que eres curioso.
Como los dos somos clavados en ese sentido, se nos ocurre ir a las montañas a hacer un reportaje juntos acerca de unas focas que nadan río arriba desde el mar para llevar a sus crías allí a que crezcan lejos de peligros marinos.

Nos ponemos en marcha. Owen, en sí, es una continua sorpresa. El hecho de que viva en su furgo de madera de los setenta no es casualidad. Es el tío más personaje del mundo. Conduce con estilo, lleva un cigarro de liar y una copa en la otra mano. Bebe pernaud y habla de pesca a menudo. Es un apasionado de la pesca y el buceo. Cuando no está escribiendo está buceando buscando marisco y ostras para comer.

Nos metemos en el bosque, buscamos las focas, las encontramos, pasamos unos días juntos muy divertidos y nos despedimos. Él tiene que volver a Blenheim donde tiene su base y a una novia con la que sale recientemente.
Es el amor lo que trajo a Owen desde los Estados Unidos. Estando allí se enamoró de una kiwi que le convenció para venir aquí y que luego le dejó. Pero ahora tiene a otra.
Owen se va y yo le voy a echar de menos. Me da la sensación de que nos conocemos de toda la vida.
Hasta siempre Owen. Podéis leer lo que escribió acerca de nuestras aventuras aquí: http://thescuttlefish.com/2015/09/surf-tripping-down-new-zealands-east-coast-with-raw-paua/

Hace tiempo, en la isla norte, conocí a un chico que trabajaba con Diego el novio de Noa que se llamaba Dane. Me dijo que le encantaba lo que estaba haciendo y que le diera mi número porque tenía amigos por toda Nueva Zelanda y que le encantaría ayudarme siempre que pudiera.
Me acordé de que me habló de su amigo Bobby en Kaikoura. Le pedí el número de él y le escribí. Me respondió diciendo que fuese a su casa, al número treinta.

Al llegar no me puedo creer lo original que es el sitio. El número treinta sobre un buzón de madera me da muy buena sensación. Hay que cruzar un pequeño río para llegar a una granja a los pies de las montañas nevadas. Los caballos pastan tranquilos al sol, las cabras me saludan al llegar. Y al fondo está Bobby. Está descargando cosas de un tráiler y le echo una mano. Cuando me doy cuenta de lo que estoy cargando resultan ser panales de abeja. Él va vestido de apicultor.
En Nueva Zelanda se hace mucha miel y desde que probé la miel de Manuka; una planta única de aquí, he estado muy interesado por la miel. Así que le pregunto de todo a Bobby y se ríe.

Me dice que en cuanto terminemos de descargar nos vamos a ver si hay olas. Bobby es un tío tranquilo, callado, observador y muy buena persona. Me estuvo contando cómo hacía la miel mientras íbamos de camino a las olas y cuando llegamos tuvimos suerte. Las olas eran buenas y no había nadie. Estuvimos surfeando solos y cuando volvimos me preguntó si quería quedarme en la granja. Él todavía no vive allí porque estaba terminándola pero me invita a que me quede allí el tiempo que quiera.

La granja es una pequeña construcción de madera muy bonita con un terreno grande. Funciona sin electricidad. Depende de los paneles solares que ha instalado en el techo y del agua de la lluvia. El wáter está fuera en una caseta construida para él y los deshechos van a parar todos a un tanque que luego se utiliza como abono.

Bobby vivía en Tauranga, en la isla norte. Estudió junto a Dane biología marina y se mudó a Kaikoura para vivir la vida que él quería. Bobby es como un libro de la naturaleza. Se lo sabe todo. A base de querer aprenderlo, de leer y de observar ha aprendido muchísimo.
Cuando me fijo en él siempre está haciendo cosas o pensando. Se queda mirando a las esquinas como pensando en cosas posibles que construir. Me siento inútil a su lado.
Está limpiando unas alcachofas que ha plantado en una especie de invernadero para tubérculos que ha diseñado él y que se come a bocados. A su izquierda hay un cubo enorme con cerveza que ha hecho él y que yo meto el dedo para probar. Encima de la mesa hay todo tipo de hierbas que ha cultivado para cocinar. Y por la noche llega su amigo Hamish con una ecopeta. La chimenea está puesta y me dicen que vamos a ir a por un conejo para hacerlo a la brasa. Pero no tuvimos suerte. O quizá no lo vimos después de las cervezas que nos habíamos bebido.

Los días en Kaikoura con Bobby han sido muy intensos para mí. He estado viviendo en su granja, yendo a ver a las cabras por la mañana, con la chimenea puesta todo el día, disfrutando de aquella tierra y conmovido por el paisaje. Esa cordillera que se levanta tan de repente al lado del mar, con la nieve, las ballenas y las olas me hace sentir estar en un lugar especial.

Me hace estar sintiendo la sensación de viajar y me emociona. Feliz de poder estar viviendo aquello pero algo afligido de saber que queda poco.

Espero que estéis viviendo y disfrutando de esta aventura tanto como yo lo estoy haciendo.
Gracias a todos los que me apoyáis y me habéis ayudado a que pueda hacer este viaje.

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