#dontfollowthisbike capítulo 34 de Mount Maunganui a Gisborne

Chino Gisborne

Capítulo 34, haciendo unos 300 kilómetros aproximadamente he pedaleado desde Mount Maunganui hasta Gisborne. Bordeado la Bay of Plenty por pequeños pueblos que me recordaban mucho a la película de “Boy”, cruzado por las frías, solitarias y empinadas cuestas de la garganta de Waioeka y llegado hasta el primer sitio del mundo en ver amanecer: Gisborne. Para surfear hasta que aguante el cuerpo. Ah, y para meterme en un circuito de BMX.

La peli de “Boy” si no la habéis visto os la recomiendo. La he comentado con muchos kiwis y, a pesar de que muchos dicen que no representa bien la cultura del país, visualmente es muy bonita y refleja muy bien los paisajes que veo yo todos los días en la bici por esta zona. Por cierto, hay algo que no he dicho en el capítulo y quería comentar porque es interesante saberlo.
Por falta de tiempo he cruzado la garganta de Waioeka en lugar de llegar hasta el East Cape. Me ha dado mucha pena no hacerlo pero es que si no, no llego. Es una de las únicas partes de perímetro de la isla que me acabo de perder. El East Cape, que es donde está rodada “Boy” es, junto con Northland, una de las zonas con mayor población Maorí de la isla y todavía se conserva muy auténtica, poco explotada y salvaje. Los pueblos por los que yo he pasado y la garganta no es que sean menos bonitos pero el East Cape tiene un significado especial y me hubiera gustado verlo. Pero bueno, no se puede tener todo.

No sé bien qué pasó desde que dejé Mount Maunganui pero pasé varias noches de bastante frío; hizo mucho sol y días rasos pero eso trajo el frío. Para estar casi ya en primavera ha estado haciendo algo de frío por los pueblos antes de cruzar la garganta como Matata, Whakatane u Opotiki. He estado durmiendo a unos dos grados y pedaleando por las mañanas a cuatro grados. Eso sí, aquí llueve la mitad que en la costa oeste. No tiene nada que ver. En ese sentido estoy muy contento y retiro todo lo dicho de que es el país que más llueve del mundo…jajaj. Creo que el otoño en la costa oeste que pasé es la cosa más húmeda que existe en este planeta pero ahora ya estoy a salvo. Aquí llueve, sí, pero algo asequible. No como en aquellos tiempos hace un par de meses cuando llovía semana tras semana, vientos huracanados, lluvias torrenciales, puentes destrozados, ríos que se llevan mi bici…

Whakatane y los pueblos previos al East Cape son chulísimos. Totalmente salvajes, lejos de cualquier ciudad grande, con un paisjae muy característico y muy rústico diría yo. La vegetación no es tan densa como en otras zonas costeras del país pero tiene algo que lo hace muy especial y quizá sea esa mezcla de plantas que viven más con el sol y el bosque tropical y los helechos. Hay muchas más palmeras por ejemplo, olivos, almendros y otros árboles que hasta ahora no había visto demasiado.

Pero tenía que dejarme de chorradas y de arbolitos, nada me iba a librar de cruzar la garganta, la dichosa garganta de Waioeka que ya comenzaba a divisar a lo lejos. Opotiki se quedaba atrás. En el centro de información de Opotiki la mujer me dijo que NO hiciera la ruta en bici. Que no me iba a encontrar con nadie en invierno, que era muy estrecha como para que cupiera una bici y que era demasiado duro. ¿Qué tal como ánimos mañaneros su mensaje a las diez de la mañana? Da igual, pienso. La gente que no monta mucho en bici siempre es muy exagerada con las distancias y lo duras que son las rutas. Luego nunca es tanto.

Con el rabo medio entre las piernas pedaleo hacia el bosque, hacia lo verde, hacia donde no se ve nada más que cuestas. Encuentro un dairy a mi derecha, una de esas tiendas kiwis que venden un poco de todo; pan de molde asqueroso muy caro, leche, galletas cookie time envueltas en plástico, periódicos, helados tip top, pasteles de carne, patatas fritas muy fritas, salchichas en una máquina calentadora que lleva calentándolas varios días y bebidas energéticas. Atisbo un queso camembert en oferta y unos panes hechos en el pueblo de al lado según dice el paquete. Como premio, recompensa o motivación me lo compro. Por lo que pueda pasar, por consumir, por comprar algo, por animarme.
No sé, hace poco alguien me contó que estando acampados en el lugar más inhóspito del mundo en la isla sur un personaje sacó un queso cambembert que derritió al fuego, le puso miel y ofreció a la gente. Pues yo me quería creer un aventurero romántico que compra queso camembert en oferta, se lo derrite al fuego, lo decora con miel comprada a la señora de la granja del principio y luego se lo come al lado de su bici.

Voy pedaleando como muy despacio; no sé por qué pero es como que me ralentiza un poco el saber que voy a tardar varios días en cruzar. Una vez llegas a la mitad o casi mitad ya sabes que luego es todo cuesta abajo. Como cuando pasé el Cape Reinga. Psicológicamente ya lo has conseguido. Y lo más importante, cuando lo has hecho piensas: menuda tontería; hay gente que se cruza el atlántico remando, a vela, otros que se atraviesan Nueva Zelanda corriendo, y yo tan solo tengo que pedalear unos días por el bosque y ya estoy temblando.

El paisaje me tiene emocionado. Es invierno y no se oye nada más que lo salvaje. En la primera curva fuerte que tomo hay un tío escondido en un coche blanco con un jabalí recién muerto y un rifle en la mano. Va sin camiseta y con cigarro espcial en la boca con una humareda que parece aquello una fogata. Genial, me entra hasta risa de la situación. ¿Le miro? ¿le saludo con una sonrisa o mejor sin sonrisa? ¿Se pensará que una sonrisa significa algo? ¿Será mejor no mirarle? ¿Pero si no le miro cómo sé si me está apuntando a mí o no? Al sobrepasarle me doy cuenta de que tiene no a uno si no a un par de jabalís a sus pies y me entra risa en voz alta. El tío me mira y se medio ríe también. Yo continúo pero paso de mirar para atrás. Esto es como en las películas. Si miras para atrás te dispara, pero si eres fuerte y continuas con tu camino todo saldrá bien. Entonces la siguiente curva ya me distancia de él pero no evito pararme y espiarle a través de unos arbustos. Nada raro, el tío simplemente está disfrutando de su día de caza al día libre.

Llego hasta donde puedo; en unas cuatro horas solo me he encontrado a una pareja de franceses que al preguntarles si han dormido por aquí me miran como si acabara de llegar de Marte. Un poco más adelante encuentro un espacio cuidado por el departamento de conservación. Son sitios en el bosque, al aire libre, donde está permitido acampar. Yo me instalo y miro a las nubes. Las estrellas comienzan a salir y el fresquito del atardecer ya se siente.

Al día siguiente me espera la etapa más dura de todas para llegar hasta la cima y dormir por allí. Cerca de Matawai.
Uno de los días de pedaleo, por algún motivo divino me cruzo con una mujer ciclista que aparece de la nada, igual que yo. Los dos llevamos ritmo pero estamos demasiado solos como para no parar a hablarnos. A ella también se le nota que lleva tiempo sin cruzarse a nadie. Me cuenta que viene desde Gisborne y que no me preocupe, que no hay nada peor como lo que me queda. Que después de eso ya es cuesta abajo.
La tía no lleva equipaje, me vienen muchas preguntas a la mente pero nos despedimos cada uno por nuestro lado. Me pregunto hasta donde llegará…de donde yo vengo no hay nada por bastante tiempo.

Unos días más tarde, en una de las cuestas principales me adelanta un coche azul pitando mucho. Me fijo y lleva una bici de carretera en la puerta trasera. Levanto las manos del manillar y les lanzo un gesto de indignación. Si llevas la bici ahí bájala y súbete la cuesta conmigo en lugar de pitarme.
Lo mejor de esto es que a los cuatro días, una vez llegado a mi destino, hablando con un señor en Gisborne, me cuenta que su novia es ciclista. Cuando le digo que yo acabo de hacerme la garganta en bici el tío me pregunta que si llevo una tabla de surf detrás. Le respondo que sí y me dice que en una de las cuestas me pitaron. Un coche azul con una bici de carretera detrás.

Gisborne es un pueblo con cuarenta mil habitantes. Desde que estoy viajando por Nueva Zelanda todo el mundo relacionado con el surf me ha estado hablando de la calidad de las olas en Gisborne, de el sol que hacía, de lo bonito que era y en fín una cantidad de cosas que yo estaba nervioso por llegar. Quería dejar las cosas en un sitio e ir a investigar las olas y las playas. Encontré un antiguo convento reformado donde viven muchísimos jóvenes y alquilan habitaciones.
Hay varias puertas, un montón de carteles con cosas escritas y un interfono con un teléfono enganchado a la pared a través de un celofán. Tiene las teclas sucias; en su parte interior brillante y por el borde de la tecla con tanto relieve de suciedad que casi impide que baje. Me responde una voz de cuento; con un sermón como aprendido de memoria y se abre la puerta. Entro. Huele a todo. Gato, alfombra antigua, madera, trajes de neopreno mojado, polvo, pan en el horno. Y un argentino que habla por teléfono me hace un “thumbs up”. Entiendo que significa que el sitio mola.

He estado viviendo unos días en un convento muy original y con gente de todas partes del mundo que os contaré en el siguiente capítulo. Por cierto, un escocés muy majo me dejó una bici de BMX. Pero lo mejor de todo. Rose, mi amiga, la hermana de Rob, me llamó para decirme que su amigo del trabajo Wayne vivía enfrente de las olas y que me esperaba en su casa.
No podía tener más potra. Me venía a la cabeza las palabras de Amyr Klink cuando navegó por la Antártida.

“Peor que pasar frio subiendo y bajando olas al sur del océano índico sería no haber llegado hasta aquí, o nunca haber dejado las aguas calientes y tranquilas de Paraty. Aunque fuese apenas para descubrir que eran calientes y tranquilas.

Un hombre necesita viajar. Por su cuenta, no por medio de historias, imagenes, libros o tebeos. Necesita viajar por sí mismo. Con sus ojos y pies para entender lo que es suyo. Para un día plantar sus propios árboles, ciudades y valores. Conocer el frio para disfrutar el calor. Me gusta sentir el desabrigo para estar bien bajo el propio techo.

Un hombre necesita viajar hacia lugares que no conoce para romper esa arrogancia que nos hace ver el mundo como imaginamos y no simplemente como es, que nos hace profesores y doctores de lo que no vimos cuando en realidad deberíamos ser alumnos y simplemente ver”

Pues lo mio era parecido, a mi manera…peor que pasar frío subiendo y bajando las cuestas de la garganta de Waioeka sería no haber llegado hasta aquí o nunca haber dejado las aguas calientes y tranquilas del mediterraneo. Aunque fuese apenas para descubrir que eran calientes y tranquilas.

Espero que estéis viviendo y disfrutando de esta aventura tanto como yo lo estoy haciendo.
¡Gracias a todos los que hacéis posible que esto funcione!
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