#dontfollowthisbike capítulo 31 de Pataua a Whangamata

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Capítulo 31, “este árbol no es que sea grande, es que es gigante”. Así es Nueva Zelanda, básicamente naturaleza. No hay mucho más que eso. He salido desde casa de Rose, donde tenía guardada la bici, dejado a mi padre en Auckland y llegado hasta la región de Coromandel.

En este capítulo veis las caminatas y aventuras bajo la lluvia que he vivido con mi padre. No mucha bici pero mucho surf; por cierto, dedicado a todos aquellos que dicen que sólo surfeo derechas… y mi llegada a Whangamata. La meca del surf durante los años sesenta en la región del Coromandel.

Hemos estado dejándonos llevar por la inmensidad de la naturaleza en este país y hemos explorado los rinconcitos más olvidados de la parte más norte de la región de Northland. A donde no llega nada. Nada más que los espíritus de los muertos para viajar hasta el inframundo. Playas salvajes azotadas por vientos que vienen de Tasmania, acantilados, calas de rocas negras bañadas por el agua turquesa del pacífico. Lluvia, sol, nubes y una tierra oscura, fértil, donde crece la vida.

Dormir en la playa era algo que tenía a mi padre alucinado. No tardó en hacerse amigo de quien por allí hubiera. En este caso era un hombre que vivía allí en un autobús, de aproximadamente su edad, con pelo largo y gorra desgastada al sol, camisa abierta, botas y todo tipo de chismes para cazar y pescar. Nosotros dos, maravillados por la vida de tal personaje, nos moríamos de curiosidad por conocerle. Ver qué era lo que pescaba por las mañanas cuando se iba tan pronto, cuánto tiempo llevaba viviendo allí, cómo era su autobús y si cocinaba con leña como pensábamos.

Aquella mañana, al despertarme, había olas para mi sorpresa. Salía el sol por la parte sur de la playa. Yo corría hacia al agua a las siete de la mañana. Mis pisadas las primeras. Estrenaba la arena como dice mi padre cuando va al campo pronto. Lo estrena.

Estoy flotando en la última playa accesible antes de llegar al Cape Reinga, agua turquesa, allí donde se juntan el mar de Tasmania y el Oceano Pacífico; no quiero ni pensar lo que hay debajo de mí.

Al llegar el medio día recorrimos un camino que encontramos en el extremo norte de la playa. Un diminuto sendero salvaje a unos pocos metros de los acantilados que va a parar al faro después de unas cinco horas.
No llegamos hasta allí pero, abstraídos y sumisos ante la belleza natural, nos dejábamos llevar por el viento. El viento del norte, el lejano norte, allí a donde no llega nada. Nada más que los espíritus de los hombres muertos que viajan hasta el inframundo.

Cerca de allí había un lugar que quería enseñar a mi padre, aquel lugar donde están “los hombres que viven en la arena mirando al mar”. Para llegar allí hay que caminar un rato. Ese día los hombres corrían por la arena. Mi padre dice que cuando hay buenas olas los surferos vamos corriendo por la arena. Si no hay buenas olas no corremos.

Al bordear un pequeño cabo por el que caminábamos encuentro un perro sentado mirando al mar. Me suena mucho y le llamo por el nombre que recordaba “Macy”. Se acerca a mí y compruebo que efectivamente se llama así. Cuando miro atrás veo una furgoneta en la que yo había viajado con ese perro al principio de este viaje. En el sur de la isla sur. Me detengo y miro al mar un rato. Encuentro a quien estoy buscando, le grito pero no me reconoce. Cuando sale del agua me reconoce. Es Mark. El primer surfero con el que estuve viviendo en Cosy Nook, cerca de, posiblemente la ola más al sur de Nueva Zelanda.
Y cuando ve a mi padre le dice “¡Ah!, ¡mister Chino!”.

Volvimos a casa de Rose después de haber curioseado por espacios olvidados, cruzado ferrys, hablado con los pescadores, buscado conchas en la playa, bebido cervezas en el muelle y hablado con todos los kiwis. Y le dejé en el aeropuerto.

Dice mi padre que ya se puede morir tranquilo después de haber visto lo que ha visto. Sorprendido por un país en el que a la naturaleza se le ve más que al hombre y donde la gente es genuina y simpática. No hay mucha prisa, hay una sonrisa.

Volví a Auckland a devolver la furgo a los de Wendekreisen. Intenté hacer como con el barco de las Bay of Islands y que me lo dejaran gratis a cambio de que yo les sacara en los vídeos pero estos sólo me hicieron oferta de un día gratis. Bueno, algo es algo.
Y, lo mejor de todo, la gente que trabaja allí son de Tonga y son los tíos más majos del mundo.

Cuando llegué la chica se alegró de verme y le pidió a su compañero si me podía llevar a una estación de autobús para volver a Auckland. Me hizo gracia el hecho de que ella le preguntara a él en Tongano si me podía llevar. Los maorís para ese tipo de pregunta no suelen hablar en su idioma. Así que les estuve preguntando y me enrollé con ellos. El hombre era muy buena persona, grandullón, oscuro de piel, sonriente y muy tranquilo. “No problem my friend” y vamos juntos en el coche hablando. Le pregunto que cómo es Tonga. Me dice que allí todo el mundo se lo presta todo, que no es como en Nueva Zelanda. Allí no hay prisa me dice y el dinero no importa tanto. Siempre me pregunto por qué la gente que cuenta eso y viene de esos sitios no vive allí. Como los subsaharianos que se cruzan medio país para intentar llegar a Europa y entonces nosotros les tiramos bombas de humo, pelotas de goma y alambres enredados. Yo creo que es para aparentar que ahí dentro tenemos algo muy valioso…pero la mayoría de lo que tenemos es a costa de quitarles a ellos.

Los de Wendekreisen ofrecen un servicio de taxi para volver a Auckland desde su base pero el precio equivalía a varias tabletas de chocolate más crema de cacahuete más varios días de acampada así que pensé que sería más interesante volver en autobús. Además así miro por la ventana tranquilamente. Cara como de anuncio de la tele de chico que despide a su chica para siempre y ella corre hasta que la velocidad del autobús la adelanta. Él, ojos llorosos, mira al horizonte impotente y observa las cosas pasar que le recuerdan a ella. Sí, ese soy yo, en un autobús no sé dónde y destino a no sé muy bien tampoco a dónde. Quizá haga algún amigo, quizá me pierda por el camino, estoy abierto a todo; todo me apetece.
A decir verdad, los alrededores de Auckland son preciosos; barrios estilo inglés con casitas de madera y niños jugando por la calle.

Se me ocurre llamar a mi amigo Michael, original de Christchurch pero que conocí surfeando en Raglan. Michael es un tío curioso y siempre tiene plan. Alto, de piernas largas, pelo largo rubio blanquecino y ojos azules. Vive en Auckland y comparte una casa muy graciosa con tres compañeros más. Hay una que tiene una rata como mascota, otro es indio y cocina recetas de su madre para intentar igualarla y la tercera nunca la he visto porque no aparece mucho. Tienen un jardín asalvajado, una pérgola al refugio de unos árboles con sillas de madera clásicas envejecidas por la lluvia. Hay un caminito que recorre el jardín y que va a parar a la cabaña de madera. La cabaña en la que de vez en cuando se oyen ruidos y donde siempre está encendida la radio. Es misterioso pero nadie pregunta mucha al respecto.

Michael me lleva a una de esas sorpresas neozelandesas que nunca esperas y pasamos la noche entre músicos, artistas, nuevos amigos y paseos por jardines desconocidos.

Al día siguiente fui a visitar a mi amigo Pablo el sureño y como las previsiones pintaban muy bien le convencí para ir a surfear y así yo retomaría mi viaje desde allí, desde Whangamata. Pasamos varias noches en su coche, esta vez sin pijama, pero la segunda nos pusieron una multa que no entendimos muy bien. Suerte que por lo menos nos quedaba el surf. Esa mañana había unas olas que no nos lo podíamos creer. La famosa izquierda en la barra de Whangamata estaba rompiendo como nunca; decían los locales que hacía dos meses que no había olas. En medio de la playa rompían unas derechas enormes. Así que al agua corriendo como niños pequeños, corriendo como dice mi padre que corremos por la arena cuando hay buenas olas.

Llevo unos días aquí paseando en bici por el pueblo, hablando con los panaderos, yendo a surfear las derechas del estuario a donde no va nadie y conociendo a mucha gente que os contaré en el próximo capítulo.

Espero que estéis viviendo y disfrutando de esta aventura tanto como yo lo estoy haciendo.
¡Gracias a todos los que hacéis posible que esto funcione!
Para grabar todo lo que veis utilizo un Lumia 1020 y una Surface Pro para editarlo.

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