#dontfollowthisbike capítulo 30 Pataua y Papá

Capítulo 30 thumb 3

Capítulo 30, he estado surfeando y “living the life” en casa de Rose en Pataua, recibido a un motrileño en pijama (que por cierto cuando se entere me va a matar) y esperando para una sorpresa que llegaba el día 25 de julio.

No podía moverme mucho porque no se puede cruzar Auckland en bici y tenía que estar cerca de la ciudad para el día 25. Además, Rose, la hermana de Rob ya me había apadrinado. Incluso me llegó a sugerir una idea que tuvo y que consistía en que yo durante todo el invierno viviera en su casa y cogiera su coche para ir a hacer rutas en bici y hacer mis vídeos pero que, como hacía frío, me quedase en su casa todo el invierno. Hasta ese punto de hospitalarios llegan a ser aquí.

Vivir en casa de Rose es algo así como un parque de atracciones. Pataua es un pueblo que no tiene absolutamente nada más que naturaleza. Si no haces algún deporte estás muerto en Pataua. No hay una mini tienda donde comprar un tomate, no hay taberna ni bar ni barra donde pedir un platito de jamón. Lo único que hay son cuatro vecinos con casas curiosas de las que se hacen los kiwis. Por lo general aquí casi todo el mundo ha tenido que ver en la construcción de su propia casa; por lo menos la terraza de madera o el porche se lo hacen siempre ellos.
A parte de eso hay un estuario precioso que se cruza en puente de madera y sube y baja cada día con la marea, una playa interminable en la que es difícil encontrarse a alguien, un monte sagrado infestado de possums, y olas casi todos los días.
Yo me he dedicado a surfear como un niño con una bici nueva, a bañarme en el jacuzzi, me he ido a intentar pescar, a montar en bici por millones de caminos que no pasa nadie más que caballos y a cenar cordero al horno con Rose cuando llegaba del trabajo.

Mi amigo Pablo el motrileño vive en Auckland y yo estaba tan encantado en Pataua que le dije que tenía que venir a verlo. Rose me pidió por favor que no dudase en invitar a alguien. El tío llegó y lo primero que dijo fue la cantidad de curvas y cuestas que tiene el camino para llegar. Solo hay una forma de llegar a Pataua y es por un camino que si lo haces en coche no te crees que alguien haya podido hacerlo en bici. Pero la verdad es que es tan bonito que yo ni me di cuenta cuando lo hice.

Pablo estaba flipando en casa de Rose y le sabía mal estar invitado pero es que Rose es tan hospitalaria y tan buena persona que estaba encantada de que estuviésemos allí. Aquí son así, les encanta que alguien de tan lejos esté disfrutando de su país y son muy generosos. Pablo vino con lo básico: su tabla de surf y su pijama. Me refiero a un pijama pijama, de los que son suavitos por dentro.

Nos fuimos a surfear y a recoger la furgo que yo había alquilado. A las cinco y media de la mañana yo ya estaba en aeropuerto. El coche de pablo encerrado en un parking que no debimos haber aparcado y tuvimos que sacarlo por la acera. Era uno de esos días de niebla espesa. Aeropuerto, luces brillantes, coches, camiones, todavía no has aprendido a saber si hay que poner el aire acondicionado o la calefacción para desempañar el cristal, carteles indicando muchos sitios y yo con la cabeza por fuera de la ventanilla entrecerrando los ojos para intentar adivinar por dónde iba. Con lo fácil que es ir en bici pienso.

Llego a aquella nave interestelar a la que llegan chorros de gente de otros mundos. Algunos son muy blanquitos, otros más oscuros, pero todos llevan unas cajas negras grandes. Son su tesoro. Algunos los cargan al hombro y otros los arrastran por el suelo.

Entre la multitud, con cara de haber dormido poco y pañuelo en el cuello por aquello de la temperatura en las naves espaciales está mi padre como alguien recién llegado a la civilización.
A mi padre básicamente le gusta el campo, la poca gente, el frío y la cerveza. Ah, y preguntarme muchas veces si “el satélite”, como dice él, le llega a su teléfono en Nueva Zelanda. Eso de que su conexión 3G en España le cueste caro usarla aquí, que yo le pueda compartir mi internet, que haya wifis abiertos y cerrados son conceptos que le abruman. Es como contarle al hombre de la edad de piedra que tiene que echarle gasolina 95 al coche.

Entre otras muchas cosas, mi padre, sobrecogido por la brutal naturaleza de este país, me ha estado hablando de “Los Papalagi”, un tebeo que leía como hacían los padres de aquella época. Leer tebeos.

Es la historia de un jefe Samoano llamado Tuiavii de Tiavea que emprende un viaje en algo parecido a una waka y va a parar a Francia. A los europeos los llama “Papalagis” y a través de sus escritos les cuenta a sus hermanos de las islas del pacífico cómo es el modo de vida del hombre blanco en las ciudades.

“Los Papalagi viven como los crustáceos, en sus casas de hormigón. Viven entre las piedras, del mismo modo que un ciempiés; viven dentro de las grietas de la lava. Hay piedras sobre él, alrededor de él y bajo él. Su cabaña parece una canasta de piedra. Una canasta con agujeros y dividida en cubículos. (…)

Existen aquéllos que han dado su alegría a cambio de dinero, su risa, su honor, su alma, su felicidad; sí, incluso su esposa y niños. Casi todos ellos han dado su salud por dinero. Lo llevan consigo en sus taparrabos, doblado junto, entre duras pieles. Por la noche lo ponen bajo su envuelve-camas, de modo que nadie pueda llevárselo. Piensan en él noche y día, cada hora, cada minuto.

De acuerdo con las normas de los Papalagi nosotros somos desdichados mendigos. Y todavía, cuando miro a vuestros ojos y los comparo con aquellos de los ricos allí, encuentro los suyos cansados, mortecinos y perezosos, mientras que los vuestros brillan como la gran luz, emitiendo rayos de felicidad, fuerza, vida y salud. Sólo he visto ojos como los vuestros en los niños de los Papalagi, antes de que puedan hablar. Porque antes de esa época no tienen todavía conocimiento del dinero”.

Y el resto de vivencias con mi padre os la cuento en el próximo capítulo.
Espero que estéis viviendo y disfrutando de esta aventura tanto como yo lo estoy haciendo.
¡Gracias a todos los que hacéis posible que esto funcione!
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