#dontfollowthisbike capítulo 28 de Paihia a Pataua

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Capítulo 28, una semana perdido por la remota costa este entre Paihia y Pataua.
Había oído hablar de Elliots bay y quería surfear allí pero la carretera principal no iba por allí así que si quería hacer ese camino tenía que cruzar con un ferry a Rusell y entonces ir bordeando la costa. Bendito momento en el que decidí tomar esa ruta. No lo digo de broma, ha sido algo dura pero ya podéis ver la cantidad de personajes que me he encontrado por el camino.

Lo que me extrañó es que al llegar a Elliots Bay no me dejaron dormir allí. El camino hasta esa playa desde que me dejó el ferry en Rusell fue totalmente solitario; yo pensaba que me iba a perder por ahí; no había absolutamente nadie. Algunos rayitos de sol de invierno eso sí.
El caso es que un hombre con un perro enorme que vivía al comienzo de la playa me dijo que era un terreno privado y que en invierno, si no llevo mi propio retrete, no está permitido quedarse a dormir. Yo le miré al señor, le hice dirigir su mirada hacia mi bici y le volví a mirar. Tío voy en bici, ¿cómo voy a tener mi propio retrete? Son las cinco de la tarde, llevo todo el día en la bici y quiero buscar un sitio para dormir.

El buen hombre no cedió pero muy amablemente me recomendó un par de calitas más adelante; una de ellas estaba permitido acampar libremente.

Y entonces es cuando conozco al personaje de los personajes. Todo ese conjunto de calitas son totalmente misteriosas; los árboles han crecido a medias entre el mar y el acantilado, hay pequeñas islas por todos lados, rocas, montañas y parece que hace mil años que por allí no pasa nadie. De vez en cuando hay algunas casas de madera escondidas entre la frondosidad del bosque y la playa. Y allí está mi amigo Robin. Que al verme pasar en bici me hace parar y entrar a su casa. Me explica que antiguamente había sido un motero gamberro y el resto ya os lo podéis imaginar viendo el vídeo.
Me contó muchísimo acerca de la costa este y de todos esos sitios que descubro en bici gracias a gente cómo él. Antes de irme me dijo que yo era un buen chico porque podía sentirlo. Yo me reí pero es verdad que en ocasiones hay personas con las que conectas de una forma diferente.
Robin y yo podríamos ser amigos desde hacía tiempo pero en realidad acabábamos de conocernos.
Nunca sabe uno cómo acabaría una amistad así pero bueno yo no me quedaría a comprobarlo porque  tenía que buscarme otro sitio para dormir; él mismo me dijo que estaba muy loco y en su casa había ratas; así que mejor otro sitio.

Era una tarde preciosa, esa hora en la que el campo comienza a oler más; yo con la música a toda pastilla y esa luz dorada que me hipnotizaba hacía que me olvidara por un momento de hacia dónde iba. Al fin y al cabo no tengo rumbo, pienso, sigo disfrutando de la tarde hasta que algo en el camino me invitara a quedarme a dormir.

De pronto, al sobrepasar una pequeña colina, me encuentro con unas chicas montando a caballo. Por fin me encuentro con alguien; se me quedan mirando pero la cuesta se pone empinada y yo me concentro en subir. Cuando llego arriba leo a mano izquierda “The Farm”. Recuerdo que Rob había mencionado algo parecido.
Dejo la bici y entro a investigar. Es un sitio muy de campo, hay unas construcciones de madera y pequeñas cabañas repartidas por el campo pero hay algo que me llama la atención y me hace salir disparado: son motos de motocross de dos tiempos. Las oigo, reconozco que son modernas, son motos potentes. Voy corriendo a todo lo que dan mis piernas y me encuentro con unos diez muchachos de entre diez y dieciséis años totalmente equipados y rodeados de motos. No me lo puedo creer digo yo. Ellos me miran flipando. De repente ha llegado un tío corriendo con una chaqueta amarilla fosforita y un casco de bici diciendo que “no se lo puede creer”. Como hablando con ellos se dan cuenta de que me encantan las motos enseguida me organizan un equipo y me monto a la moto con ellos.

The Farm es una comunidad creada por Mike y Ellen desde hace unos veinte años. Comenzó siendo un sitio de alojamiento en el campo. Tranquilidad, cosechas propias y vida de campo. Pero Mike es un apasionado de las motos de motocross y Ellen de los caballos. Así que, a raíz de recibir siempre niños que querían hacer ese tipo de actividades, han acabado convirtiéndose en una gran familia que acoge a niños con problemas familiares o dificultades y a niños más mayores como yo con problemas mentales.
A cambio de trabajar arreglando motos puedes quedarte a dormir. En mi caso no porque yo soy alguien de paso pero así es como funciona con los niños. Ellos trabajan en las motos o en los caballos y a cambio las pueden llevar y vivir allí. Mike dice que es una forma de mantenerles motivados y alejados de otros problemas.
Yo, después de ver aquello, doy fe de que sería el sueño de cualquier niño. Una vida muy auténtica y divertida.

Mike debe tener unos cuarenta años, ha competido mucho en motocross. De expresión sonriente y carácter alegre es ese tipo de tío que ha hecho de todo en su vida y que al mirarle a la cara uno piensa que cómo es posible que una persona sepa hacer tantas cosas con sus propias manos.
Su mesa de trabajo está junto a la cocina. Por las mañanas hay cola para ir a preguntarle, los papeles se desbordan por ambos lados de la mesa. Hay un radiador encima de la mesa y un gato que de vez en cuando sube. La casa entera la han construido entre él y su mujer. Los marcos de las ventanas están abarrotados de pequeñas marcas porque todos los niños que han pasado por allí se han medido.
Mientras él intenta responder al teléfono hay unos cuantos jugando a bailar con la música muy fuerte, a mi derecha una niña me enseña dibujos porque juega a no tener habla, de todas formas es complicado conseguir escuchar a alguien porque justo al lado de la cocina hay otra persona que está talando un árbol. A todo esto yo estoy intentando sacar diez minutos de Mike para hacerle una entrevista.

Por la puerta de la cocina entra Ellen. Guapísima, ojos claros, melena rubia y piel vivida. Con un carácter muy tranquilo va atendiendo la avalancha de niños que le preguntan sin cesar. Ellen tiene una paciencia envidiosa, una cara agradable siempre para todo el mundo y un abrazo para quien lo necesite.

Cuando en un momento de ignorancia total te crees que has visto mucho en esta vida entonces conoces a gente como Mike y Ellen que cogen el esquema mental que creías haber montado con cierta seguridad y te lo ponen patas abajo. Ir a The Farm es como rejuvenecer unos veinte años. Por lo menos para el visitante. Mike me cuenta que para ellos a veces es un poco descontrolado pero que lo disfrutan tanto que no se imaginan haciendo otra cosa.

A los dos días yo me voy de allí con una sonrisa de oreja a oreja alucinando de lo que he visto y vivido. He pasado unos días como un niño junto con todos ellos. Bailando por las noches, jugando a peleas, montando en moto, cayéndonos en el barro y viviendo esta aventura que me lleva loco.

Hace un día precioso, sol radiante, frío de mañana. Me quedan casi setenta kilómetros para llegar a algún punto cerca de Pataua; donde Rob me dijo que estaría su hermana y podría quedarme.
A los dos días, después de ver nevar por cierto una noche, llego al diminuto pueblo de Pataua, me meto a surfear y cuando salgo me encuentro a Rob que me abre el jacuzzi.

La euforia no cabe en mi, tengo una emoción de estar haciendo todo esto que no me lo puedo creer. Lo que ha pasado estos días os lo cuento en el próximo capítulo porque la casa de Rose aquí en Pataua es un santuario del surf y de la tranquilidad que tendré que contarlo con más calma cuando asimile que un día se me ocurrió coger la bici y la tabla para recorrer un país y me ocurrió todo esto.

¿Dónde se da las gracias?

Espero que estéis viviendo y disfrutando de esta aventura tanto como yo lo estoy haciendo.
Todo lo que veis lo he grabado con un Lumia 1020, editado en una Surface Pro que llevo en una alforja y alojado en la galería de mi web de “mis fotos” con Office 365.

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