#dontfollowthisbike capítulo 26 de Taupo Bay a Paihia

capóitulo 26 (3)

Capítulo 26, dejé mi casa paraíso de Taupo Bay para llegar hasta Paihia; ciudad icónica por estar justo enfrente de la famosa Bay of Islands y de lo que un día fue la capital de Nueva Zelanda, Rusell. Me han pasado tantas cosas estando aquí que no me han cabido al final de este capítulo y lo pondré en el siguiente.

Tenía pendiente contar la suerte que tuve al conocer a Bernardette y Nigel y poder quedarme en su casa en Taupo Bay delante de las olas.
Cuando salí del agua cogí el móvil y lo encendí. Cuando dejo la bici y voy al agua suelo apagar el móvil y esconderlo. Tenía un mensaje de voz de Patty, el dueño de la taberna de Mangonui.
Decía que había hablado con su hermana y que me esperaba en el número “x”. Fui hasta la casa, toqué a la puerta y allí estaban esperándome.

Bernardette y Nigel viven en el templo del silencio, en el hospital de la tranquilidad, en la sencillez del océano. Yo no me podía creer que fuese a pasar la noche en aquella casa con mi habitación mirando a las olas desde la cama. No dejaba de repetirles lo mucho que estaba alucinando. Todos aquellos surferos que leáis esto; ver las olas desde la cama, que esté rompiendo, que no haya nadie y que puedas ir caminando es con lo que soñamos todos… ¿Sí o no?
Ellos han viajado por Europa como muchos Kiwis. Aquella noche la pasamos entera hablando porque habían recorrido incluso el Camino de Santiago.
Bernardette es una mujer muy agradable que cocina divinamente y me trata como si fuese su hijo. Nigel es deportista, ha trabajado en muchos países del mundo y es un tío muy curioso; cada día me pregunta de todo acerca de mi viaje. Uno de los días hasta me pide nervioso si puede probar mi bici porque quiere notar qué se siente.

Entre los tres nos entendemos bastante bien y pasamos unos días muy divertidos. Yo cocino algunas noches tortillas y ellos a medio día. Nigel me ofrece ir a ver la isla de enfrente con el barco, ir a pescar y un montón de planes.
Ha pasado solo una semana desde que estuve con ellos y mientras he estado montando los vídeos ya les he echado de menos.

Cuando entré al garaje por primera vez y me grabé diciendo que era increíble esto de la hospitalidad en Nueva Zelanda es que me volvía a sorprender una vez más. Y ya lo veis, así es, esta gente me ha tratado igual que a un hijo y me han dado todo lo que han podido. Estoy tremendamente agradecido de poder haber compartido un trocito de mi viaje con ellos, mis aventuras y todas esas conversaciones tan agradables acerca de nuestras culturas y costumbres.
Esto es algo que pienso a menudo, cuando estoy en una familia y me cuentan cosas de su país lo tomo como oro en paño. Lo que un kiwi te cuente estando en casa es el mejor libro de historia que te puedes empapar. Yo creo que es así, poco a poco, a base de escuchar lo que te van contando es como uno puede llegar a conocer bien a la gente de un país.

Me fui de Taupo Bay; un infierno salir de allí. Pasé por los perros asesinos, continué con mi ruta hacia el sur y llegué hasta Kaeo. Un pueblo gracioso, pintoresco y lleno de personajes que parecían atraídos por mi tinglado. Un hombre descalzo medio desnudo que viajaba por Nueva Zelanda caminando compartiendo la palabra divina decía, un excarcelario que alucinaba con la cantidad de kilómetros que yo llevaba hechos, varios fish&chips que apestan a kilómetros y el conocido puerto de Whangaroa al lado. Conocido por la histórica masacre que allí ocurrió entre colonos y maoris.

Kaeo no parecía el mejor sitio para quedarse a dormir, por lo menos a mi me daba ese sentimiento así que me alejé un poco. El tema de la masacre en el puerto de Whangaroa tampoco me daba muy buen rollo pero estaba ya cansado y había que dormir en algún sitio. ¿Qué tal un camping abandonado?…era todo un poco misterioso aquel día. Lo bueno es que me encontré con Tamara. Una alemana que está curiosamente también haciendo un viaje en bici y que Tim el suizo ya se había encontrado en algún momento y me había hablado de ella.

Me acerco hasta ella y me presento. Está leyendo Harry Potter y se le ve bastante relajada. ¿Vas a pasar la noche aquí? Le pregunto. ¿Y si yo no hubiese aparecido también? A lo que me responde que claro. Vale, me confirmo a mi mismo que soy un cagao…jajaja. Viajar sola está claro que no es más peligroso en sí. Es cierto que físicamente una mujer es más vulnerable que un hombre. Pero más allá de eso; ahora en invierno a las cinco y media de la tarde se hace de noche. Un camping abandonado en un bosque al lado del puerto de la masacre, viento de una película de terror, possums fisgones, un hombre que ha venido a la tierra a compartir el mensaje divino y un excarcelario no hacen la tarde más agradable del mundo…

Pero bueno, por suerte tengo alguien con compartir mi cena. Se me ocurre hacer una ensalada de kumara. Me engaño a mi mismo haciéndome creer que se me acaba de ocurrir pero en realidad llevo machacando la misma receta hace dos meses. El tema es que la kumara es lo único asequible ahora. No es que no puedas comprarte un par de tomates pero es que están a diecisiete dólares el kilo. Hay que pensárselo un par de veces antes de hacerte un gazpachito.

Me pongo a hervir la kumara y se me acaba el gas; así que no hay ensalada de kumara y a la media hora a dormir. En esta época de invierno hay veces que puedo llegar a dormir doce horas varios días seguidos. No porque me levante tarde pero es que a veces a las siete y media de la tarde ya estoy durmiendo. Y pensar que en mis buenos tiempos a esa hora me estaba levantando de la siesta…jajaja

Al día siguiente compartimos una ruta juntos. Tamara estaba claro que quería irse sola por la mañana, yo se lo notaba. Pero sabía que su miedo era el tema de la velocidad en la bici. Le dije que no se preocupase porque yo con todo el peso que llevo voy muy despacio. Así que fuimos juntos tranquilamente hasta Keri Keri donde allí nos despedimos.

Tamara tiene veinte años, lleva viajando unos cuantos meses también, monta en bici con vaqueros, forro polar de los gordos, unas alforjas que son diferentes al enganche que los sujeta, bicicleta con neomáticos enormes de campo y con una tienda más pequeña que una cuna de un bebé. Y la tía se ha hecho ya un par de miles de kilómetros.

En Keri Keri pasé un par de días visitando la casa más antigua de Nueva Zelanda. Una casa de 1853 de piedra muy bonita pero que es exactamente igual que cualquier casa antigua de las montañas en España. No es que no tenga valor histórico, para ellos es la historia de su país; pero si lo comparamos con nuestra historia es tan reciente que no sorprende mucho a uno.
Keri Keri forma parte de la Bay of Islands. La historia es que aquella casa museo hacía de tienda por aquel entonces. Allí los colonos vendían a la cultura indígena los productos y herramientas que traían de otros países. Las bay of islands se establecieron como uno de los puntos más prósperos para el comercio entre ambas culturas. Los Maorís tienen fama de grandes comerciantes y emprendedores en aquella época según la historia. Concepto que choca con la realidad actual considerando que en las cifras del paro la población Maorí representa el porcentaje más alto.

Mi idea después de visitar Keri Keri era continuar hasta Whangarei, la ciudad más grande de las Bay of Islands para ir a surfear a Whangarei Heads. Pero me acordé de Rob. Estuve surfeando con él un día en Taupo Bay un par de horas y me dijo que cuando pasara por Paihia fuese a visitarle a su casa y a quedarme con su familia. El día que llegué me mandó un mensaje. Si quieres venirte en la “waka” te esperamos a las 15:30 justo debajo del puente de Waitangi.
Cuando estuvimos surfeando me preguntó que si me gustaría remar en una waka. Yo le dije que ya lo había hecho en Greymouth y que por supuesto me encantaría. (La waka es el medio de transporte tradicional de los Maorís)

Así que cuando llegué al puente de Waitangi, que es por cierto la tierra en las que se firmó el tratado más importante entre colonizadores y Maorís de la historia neozelandesa, me estaban esperando y se sabían mi nombre los que iban a remar.

No os podéis imaginar la acogida que he tenido aquí, los rituales que hemos hecho y todas las cosas que me han pasado estando en Paihia. He estado en algo así como una bendición para poder remar en la waka y en un montón de cosas muy divertidas que me han hecho pasar aquí más de una semana y que os contaré en el próximo capítulo porque no me cabía en este.

Continúo mi ruta por la costa este hacia el sur; estoy en pleno invierno en el país de la nube blanca. Dice la mujer de Rob que agosto es el mes en el que más llueve. Que los dioses se apiaden de mi y sea mentira por favor.

Espero que estéis viviendo y disfrutando de esta aventura tanto como yo lo estoy haciendo.
Todo lo que veis lo he grabado con un Nokia Lumia 1020, editado en una Surface Pro que llevo en una alforja y alojado en la nube con Office 365.

¡Gracias a todos los que hacéis posible que esto funcione!
Seguidme en
http://www.youtube.com/atilamadrona
www.facebook.com/atilamadrona
www.instagram.com/atilamadrona

www.Twitter.com/atilamadrona


Y suscríbete a este canal para ver todos los capítulos que voy poniendo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s