#dontfollowthisbike capítulo 25 de Cape Reinga a Taupo Bay

capítulo 25 2

Capítulo 25, primera vez desde hace mucho tiempo que pedaleo por la costa este. Y ahora sí que sí, ya voy de bajada, de vuelta, destino Dunedin.
Comencé mi ruta en Kaitaia, donde conocí a Tim y he ido descendiendo poco a poco por los pueblos y playas de la costa este para llegar hasta Taupo Bay donde estuve surfeando yo solo.

Esto ha cambiado muchísimo. Llevo mucho tiempo pedaleando por la costa oeste. Por sus playas salvajes de arena negra, su mar turbio, revuelto y oscuro, sus acantilados, sus pueblos aislados estilo western y de repente esto parece otro mundo. Ahora son todo colinas, bahías pequeñas de arena blanca, menos lluvia, pueblecitos más pintorescos, muchos puertos con ambiente pesquero y, lo más importante para un tío del mediterráneo: ¡¡¡agua y olas azulitas!!!

Todo comenzó en Kaitaia. A Tim me lo crucé alguna vez por la carretera, pero el tío es Suizo y lleva otro ritmo. Dice cosas como “mi cabeza quiere llegar pero mi cuerpo no puede más” y el tío llega. El día que le conocí se había hecho como cien kilómetros para llegar al Cape Reinga. Yo si mi cabeza dice que quiere llegar y mi cuerpo no puede pues me paro y me echo una siestecita; me imagino que ese es más el estilo Español.

Como el tenía que ir hacia el sur igual que yo pues decidimos ir unos días juntos. Yo le iba liando para pasar lo más cerca posible de las playas para ver si había olas.

Antes de salir de viaje conocí a Tom. Nos hicimos muy amigos porque la conversación empezó más o menos por contarnos dónde vivíamos y él me dijo que era de Marahau. Aquel pueblo al borde del parque nacional Abel Tasman en el que yo estuve tan entusiasmado viviendo unos días. Fue uno de los sitios más bonitos que había visto de la isla sur. Así que como me vio con tanta emoción nos pusimos a hablar y casi no paramos en toda la noche. Resulta que él originalmente es Alemán pero vino muy joven a Nueva Zelanda y le gustó tanto que se quedó. Sus hijos van a la escuela en Motueka, el pueblo más cercano que tienen. Yo le comenté lo sorprendido que me quedé cuando al llegar en bici a Motueka vi que había una escuela Rudolf Steiner. Él se sorprendió más todavía de que yo recordara eso. Lo mejor de todo es que él es uno de los fundadores de esa escuela.

Tom está haciendo una parte de la Aotearoa trail, una ruta que recorre el país de norte a sur. Son 3.000 kilómetros y la gente tarda en hacerla unos seis meses. Dicen que es durísimo. Me daba envidia cuando me lo contaba, ya me estaban entrando ganas de dejar la bici y ponerme a caminar.
Lo mejor de Tom es que era un tío de unos sesenta años con un espíritu muy joven. Le dije que de mayor quería ser como él. Es gente que conoces y que da sentido y forma al viajar en sí. Gente con la que puedes hablar como si conocieras de toda la vida, que te enseñan muchas cosas, les enseñas también tu algo y con la que seguramente vuelvas a cruzar caminos en algún momento.

Tim y yo nos pusimos a la marcha. Yo con mi camiseta de manga larga debajo, mi corta vientos, mis calcetines subiditos para no pasar fresco por la mañana. Él en pantalón extracorto y manga corta. Nada más empezar a pedalear me grita algo desde la bici, no le oigo y me acerco a él, va a una velocidad que parece una locomotora. Cuando consigo igualarle me dice que le encantan ese tipo de días, que llueve un poquito y así se refresca y suda menos. Yo asiento con la cabeza y, con el moquillo cayendo, pienso por dentro que ojalá hiciese sol y mucho calor todos los días. Se nota que somos de sitios diferentes.

Tim es Suizo, un tío serio, educado, comprometido con lo que dice y bastante resistente a los cambios meteorológicos. Las fotos las hace pensando en qué foto podría ser bonita. Yo le hago las fotos que me pide pero no lo entiendo. Yo, estando de viaje, las fotos las entiendo como un momento de sentimiento que por lo que sea has querido capturar para contar a alguien. Un pájaro muerto, una playa descubierta por sorpresa, un rayo de luz que ilumina algo bonito. Pero no se pueden pensar mucho porque entonces no son como tienen que ser.

Por fin llegamos a Matai Bay. Los dos boquiabiertos alucinando con lo que tenemos enfrente. Es una bahía cerrada de arena blanca, mar azul turquesa y un silencio total. Entonces Tim saca un salchichón que se ha comprado no sé dónde y yo no sabía que llevaba. Tumba la bici, se pone a comérselo. Yo tiro todos los trastos y me pongo a su lado. Ahí estamos, en un lugar precioso de Nueva Zelanda que, no sé si viene en los libros o no, pero no hay ni cristo. Vamos a dormir ahí está claro; mucho se tenía que complicar la cosa como para que nuestros planes de disfrutar de aquella maravilla por la noche cambiaran. Ni siquiera un bicho dentro de mi oído.

Estamos haciendo espagueti boloñesa con un montón de carne que Tim también llevaba no sé dónde en la bici y hace nueve grados. El cielo raso lleno de estrellas ilumina la noche.
Vuelta a nuestra ruta al día siguiente de camino a Mangonui nos hizo muy buen día. Un camino bastante agradable y tranquilo, bordeando las pequeñas calitas de aguas azules de la costa este.
Para almorzar Tim saca de una alforja un envase enorme de Nutella. Mientras nos hacemos el tentenpié de chocolate veo a una tía correr a lo lejos. Como no me puedo creer que sea mi amiga Anna, la que me encontré hacía cuatro meses perdida en medio de la nada, le pregunto a Tim para confirmar. Tim, ¿eso es una tía corriendo?…me pongo a correr detrás de ella y sí, efectivamente es Anna Mcnnuf. Una Londinense de treinta años que se está recorriendo el país entero corriendo. Cuando me vio al ponerme a correr a su lado imaginad la cara que puso. En el vídeo se ve bien cómo está alucinando. Fue genial encontrarnos.

Seguimos con el camino. Llegamos a Mangonui. Un pueblo muy pintoresco a mi sorpresa. Con sus casitas de madera de colores al borde del puerto y una taberna estilo inglés británico con un pájaro enorme que anda suelto y unos moteros bebiendo cervezas. Me invitan a una y me hago amigo de Patty, el dueño, porque le gustan las motos clásicas. Mi padre lleva llevándome a concentraciones de motos antiguas toda su vida. Cuando yo era pequeño él me decía que no entendía por qué las motos modernas las hacían tan feas comparadas con lo bonitas que eran las clásicas. Yo recuerdo que nunca entendía qué me quería decir. Pero al final algo se me ha pegado y con los años he aprendido a ver lo bonito de la estética clásica. Así que Patty y yo teníamos rato para hablar. En su trastero hay dos Triumph, si no me equivoco mi madre llevaba la Triumph de mi padre cuando ligaban de jóvenes, y una James. Una clásica inglesa.

Patty es muy simpático, lleva pelo estilo rockero, Levis negros, botas de piel negras y me enseña chicas guapas en su móvil. Me da a probar cerveza negra, oscura, clara y de todo tipo. Tim ya se ha ido de camino a Whangarei. Me voy a dar un paseo por el pueblo y cuando vuelvo hay una reunión de clásicos en la taberna que me estaban como esperando. Son los dos Waynes. Los tíos más míticos surferos de la zona y posiblemente de la historia del surf en Nueva Zelanda. Fundadores de varios clubs de surf en New Plymouth y creadores de varios libros de la historia de surf de este país.
Como no, me reciben en su casa, me invitan a más cervezas y me cuentan batallitas de la locura del surf en los sesenta. Me intereso por esa tema porque ya me ha sorprendido un par de veces. Siempre que los clásicos me hablan de los comienzos del surf en la isla parece como que los sesenta fueron épicos y luego decayó la movida. Así que les pregunto por eso y me lo confirman. Los años sesenta en Nueva Zelanda fueron una revolución; el surf era una forma de vida; era una manera de expresar inconformidad y se vivía una vida de surf muy unida y muy auténtica que años posteriores desapareció pero que volvió en los ochenta.

Yo estaba encantado, estos dos no paraban de contarme historietas de la época. Me encanta que me cuenten historias tan antiguas de todos los sitios que me he recorrido yo kilómetro a kilómetro en bici; ver fotos de esos peinados, tablas y bañadores en los sitios en los que yo he estado surfeando. Entre las fotos de los míticos surferos de Nueva Zelanda reconozco a algunos amigos que he ido conociendo en el camino. Como por ejemplo a los Smiths. Una familia que pertenece a los Christian Surfers, con la que estuve alojado en  New Plymouth y que me llevó a surfear por todos lados y me trataron como a un hijo más.

Los Wayne querían llevarme a surfear los días siguientes pero por la mañana me dijeron que no había mucho más y que se quedaban arreglando la casa. Algo muy típico Kiwi. Todo el mundo se pinta, construye o arregla su propia casa.
Así que yo continué con el camino. Había visto una playa que podía tener algo de olas y se llamaba Taupo Bay. Había que dejar la carretera principal y coger un camino de unos quince kilómetros con tropocientas mil cuestas que, al llegar arriba, mereció la pena. Por primera vez desde hacía mucho tiempo tenía una vista como esa sobre un sitio. Era una sucesión de islitas pequeñas y calitas que tenían una pinta increíble. Esto de la costa este me estaba gustando. Aguas más calmadas y recogidas, pequeños recovecos, buen tiempo y…quién sabe, ojalá olitas.

Así que culo en pompa bajé a toda velocidad para llegar a Taupo Bay por una cuesta empinadísima que sabía que iba a ser un calvario a la vuelta. La playa era muy bonita, hacía muy buen día pero faltaba ese ingrediente mágico por el que todos perdemos la cabeza. Faltaban las olas. Faltaba un poquito más de tamaño para que yo pudiera deslizarme por el mar y entonces ser el hombre más feliz del mundo. Pero no, no se podía tener todo. Así que me conformaría con un bocata de crema de cacahuete al sol.
El agua azul turquesa muy clarita, las olas llegan de vez en cuando pero por desgracia son un poco pequeñas. Sabía que al día siguiente iba a ver algo más de mar. Las predicciones que llevaba viendo con tanta ansia decían que las olas iban a ser más grandes pronto algún día. Pero un momento; cuando miro al extremo sur de la playa parece que hay algo más de movimiento. Me meto por la arena, me voy acercando, las olas cada vez van creciendo más. Qué leches, hay olas buenísimas rompiendo al final de la playa y ¡no hay nadie! No me lo creo, ni bocata de cacahuete ni ocho cuartos, hay olas en Taupo Bay y no hay nadie. Hay olas, me voy al agua, todo lo demás no importa absolutamente nada. Porque hay olas. Y si hay olas uno va al agua inmediatamente no importa pase lo que pase.

Al salir del agua tengo un mensaje de voz de Patty, el dueño de la taberna de Mangonui, en el móvil diciendo algo de su hermana y de un número de una casa.

Gracias a este mensaje he estado viviendo tres días en un paraíso enfrente de las olas surfeando todos los días derechas solitarias. Pero os lo cuento en el próximo capítulo porque esto se me está alargando demasiado.

Espero que estéis viviendo y disfrutando de esta aventura tanto como yo lo estoy haciendo.
Todo lo que veis lo he grabado con un Nokia Lumia 1020, editado en una Surface Pro que llevo en una alforja y alojado en la nube con Office 365.

¡Gracias a todos los que hacéis posible que esto funcione!
Seguidme en
http://www.youtube.com/atilamadrona
www.facebook.com/atilamadrona
www.instagram.com/atilamadrona

www.Twitter.com/atilamadrona


Y suscríbete a este canal para ver todos los capítulos que voy poniendo.

Anuncios

Un comentario en “#dontfollowthisbike capítulo 25 de Cape Reinga a Taupo Bay

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s