#dontfollowthisbike capítulo 24 de Ahipara a Cape Reinga

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Capítulo 24, he pedaleado por la carretera que va pegada a la famosa Ninety Mile Beach que recorre desde Ahipara hasta Cape Reinga. Visto el cabo, celebrado, y de vuelta para abajo. La primera vez en este viaje que hago la misma ruta de vuelta que de ida. Pero para volver desde el Cape Reinga es la única opción. Volverte por donde has venido. Eso sí, no te volverás con la misma sensación después de haber contemplado semejante salvaje paisaje. Esto es la mitad del viaje en distancia. He hecho 6.000 kilómetros y seis meses de viaje. Me quedan otros 6.000 y tres meses y medio ahora mismo de camino de vuelta hacia Dunedin por la costa este.

Cuando le conté a Lucía que me habían dejado una casa en Ahipara no se lo creía. Me gustaría contarlo todo pero en realidad desvelar todos los secretos de este pueblo me resulta un poco traicionero. Es un sitio tan auténtico, remoto y salvaje que no puedo contar cómo es rincón a rincón. Casi que es mejor que no vayamos más turistas y se quede como está. Es uno de los lugares más bonitos que he visto en Nueva Zelanda. Y la gente, pues ya veis en el capítulo. Sorprendentemente tan hospitalaria como siempre.
Desde aquí, gracias a Megan, a su familia y a su tío Gary por ser como son y por tratarnos así. Por dejarme las llaves de su casa simplemente por ser un viajero.

Gracias a Ibrahim por dejarnos montar sus caballos por la playa, por enseñarnos su casa. Gracias a los locales por dejarnos surfear olas larguísimas con ellos en el sitio más bonito del mundo. Gracias Ahipara por estar ahí, gracias Nueva Zelanda por estos momentos únicos. Gracias a este mundo por que existan lugares así.

Me despedí de Roman y comencé mi ruta. Roman es un Holandés de unos veinticinco años que está de viaje por segunda vez en Nueva Zelanda. Nos conocimos buscando olas. Dice que cuando vino le gustó el país tanto que quería volver. Básicamente lo que hace Roman es surfear por Nueva Zelanda. A veces pienso que los surferos cuando viajamos solo vamos a por las olas, que nos perdemos todo lo demás. Pero la verdad es que todo lo demás da igual. El camino que te lleva a encontrar las olas es siempre una aventura y una manera muy auténtica de conocer un país. Por supuesto más en bici que en coche pero de todas maneras buscar las olas hace que hagas amigos tan buenos como Roman y yo. Y si encima compartes surfeadas juntos entonces ya es difícil que pierdas la amistad con esa persona.

Pasé por Kaitaia, a unos veinte kilómetros de Ahipara, me comí una muffin y continué. Kaitaia es totalmente Maorí. Es un pueblo a los pies del extremo final de la isla. Es la última oportunidad de ver movimiento en el trayecto hasta el cabo. Después de Kaitaia lo que hay son paisajes bastos y poco más.
Hay un par de puertos naturales grandes como el de Houhora por ejemplo que son preciosos y tienen mucha actividad. Lo que me comentaban los pescadores cuando iba a curiosear por allí es que está lleno de tiburón blanco. Por lo visto van a parir, entre otras zonas de la isla, a esos puertos.

Dejé Houhora y continué destino el lejano norte, la punta de las puntas, el final del camino. A ambos lados se veía mar. A mi derecha dunas blanquísimas y playas lejanas de difícil acceso. A mi izquierda más dunas, montañas y alguna isla pequeña al fondo. Había niebla, la carretera era muy solitaria; me encuentro subiendo al Cape Reinga un miércoles a las 8:30 de la mañana. El frío que hace, el viento y la lluvia lo hacen todavía más salvaje.

Lo que no me imaginaba yo era que hubiese tanto desnivel para llegar hasta el faro. Ese día recuerdo que había viento noreste fuerte. Justo la dirección que yo llevaba. Sabía que era mal día para ir pero la predicción daba peores condiciones para los próximos días y yo quería hacerlo ya de una vez.
No sé si era mi impresión pero cada vez que pasaba una montaña con su cuesta correspondiente yo veía el cabo cada vez más lejos. A medida que me iba acercando al final de la carretera el paisaje se volvía más bravo. El trozo de tierra por el que yo iba cada vez se iba estrechando más. A mi derecha el Océano Pacífico azotando Spirits Bay y a mi izquierda el mar de Tasmania furioso contra las inmensas dunas doradas y Motuopao Island.

Estaba nervioso porque no sabía bien cómo iba a ser la llegada; si se vería el faro de repente, si estaría lleno de chinos con cámaras gigantes haciendo fotos a todas las flores, bichos y cualquier cosa que encuentran o si sería un lugar solitario. Por lo que había leído, es el punto más importante de la cultura Maorí. Es desde donde los espíritus parten. Es donde se cruzan los mares. Es el final del mundo.

La carretera llega hasta una rotondita y una construcción en forma de puerta de bienvenida da paso a un caminito bastante empinado que baja hasta el dichoso faro. Y que luego hay que subir por cierto. Estoy allí yo solo; la verdad que no sé si de casualidad o es que no va mucha gente por allí.

Y ya está, eso es todo, pensé. Después de todo este tiempo ese el final. Un farito blanco. Después de casi 6.000 kilómetros y seis meses de viaje en bici he conseguido llegar al Cape Reinga.

Después de un ratito mirando al infinito con cara de explorador y de hablarle a la cámara como si fuese mi mascota decidí volverme por donde había venido.
Al despedirme del cabo me vino un sentimiento de añoranza. Ya me despedía de él, de la mitad del viaje, de estos seis meses preciosos llenos de aventuras y emociones que he vivido yo solito y que a la vez he compartido con tanta gente. Tantas horas montando solo en bici, tantos caminos, tantas noches compartidas con nadie más que el cielo estrellado de Nueva Zelanda.
Lo bueno, que todavía me quedan cuatro meses por delante, lo malo, que todo lo bueno se acaba algún día. Pensar que he conseguido esto y darte cuenta de que algún día acabará me daba cierta pena la verdad.

Pero estoy contento, me digo a mi mismo. Me siento feliz de poder estar vivito y coleando y de saber que todavía me quedan muchas cosas por vivir y, sobre todo, de tener la suerte de poder hacer esto y de vivir en este maravilloso mundo.

Y entonces vuelvo a subirme a la bici, a pedalear de vuelta a no sé dónde pero agradecido de todo lo que ha pasado hasta ahora y agradecido de disfrutar de la vida.

Me quedan otros 6.000 kilómetros y tres meses más para volver a Dunedin por la costa este. Para volver hasta donde comenzó esta historia.

Espero que estéis viviendo y disfrutando de esta aventura tanto como yo lo estoy haciendo.
Todo lo que veis lo he grabado con un Nokia Lumia 1020, editado en una Surface Pro que llevo en una alforja y alojado en la nube con Office 365.

¡Gracias a todos los que hacéis posible que esto funcione!
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