#dontfollowthisbike capítulo 23 de Dargaville a Ahipara

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Capítulo 23, ¿a qué te dedicas? a pedalear. Son monólogos que tengo conmigo mismo cuando el camino comienza a complicarse. La ruta de este capítulo comienza aproximadamente en lo que los kiwis llaman “far north”. Porque estoy llegando ya al final de la región de “Northland”. Comencé al dejar la casa de Ian cerca de Dargaville, en los Kai Iwi lakes y llegué hasta Ahipara para surfear las izquierdas escondidas.

Aquel lugar en el lago tan tranquilo, con sol y roquitas para darse un bañito no duró tanto así de bonito; debería de habérmelo imaginado claro. En tan solo media hora el tema cambió por completo y me tuve que refugiar rápido porque se puso a llover a cántaros. Muy neozelandés eso. Un sol radiante repentino y en un abrir y cerrar de ojos llega una tormenta oscura terrible.
Pero la buena suerte llegó de pronto. Un señor en quad  de unos cincuenta años se paró a hablar conmigo mientras yo decidía qué hacer. Llevaba una camisa de cuadros, un pantalón corto de bolsillos y botas. Parecía que venía del campo pero un flequillo largo y rubio de daba un toque marinero. Me preguntó que cómo es que había ido a parar a los Kai Iwi lakes yo solo y que si andaba buscando olas.
Enseguida me enseñó fotos en su movil de su última surfeada. Por las fotos parecía cerca de donde yo había estado surfeando hacía unos días. Yo le enseñé mis fotos de esos días. Acabamos hablando durante un buen rato y hacíamos buenas migas. Él me contaba que se había ido a vivir a esa zona porque había olas por todos lados que no conoce nadie. Me preguntó que si tenía plan para esa tarde, le dije que no claro, y me dijo que vendría a recogerme en una hora.

Y así fue. Subí todos mis trastos a su furgoneta y me llevó a una taberna cercana, la única, a tomarnos dos raciones de nachos con queso y dos cervezas. De postre una copa enorme con helado de vainilla y chocolate y caramelo por encima. Yo me sentía como un perro hambriento recogido de la calle pero la verdad es que Ian y yo nos habíamos hecho amigos y estábamos pasando un buen rato juntos.

A nuestro lado, en una mesa alta con taburetes, había cuatro granjeros borrachos que veían rugby en la tele y hablaban de cosas de hombres. A menudo me miraban de reojo, respetuosamente pero muy curiosos por entender mi situación con Ian. La chimenea estaba encencida y un gran perro viejo dormía plácidamente al calor del fuego.

Al fondo estaba la barra, atendida por una chica joven, con camiseta de equipo de baloncesto y con pinta de deportista que de vez en cuando llamaba a Ian por su nombre para preguntarle si necesitábamos algo más. Todo olía a moqueta mojada de cerveza y a pescado frito. No es un olor que me desagrade, es simplemente algo característico de las tabernas de aquí. El único sitio donde poder tomarte algo después de las cinco de la tarde y hasta las nueve como tarde. Después de eso no encontrarás nada abierto. No hay ni vinito de la tarde, ni caña con los colegas ni tapas ni nada de nada. La gente a las siete de la tarde está ya metida en casa.

Por la impresión que me daba, la gente parecía conocer bien a Ian y respetarle. Yo tenía los ojos fijados en él y me sentía medio hipnotizado. Cuando me daba cuenta resulta que estaba delante de uno de los granjeros más importantes de Nueva Zelanda y, lo más interesante, delante de la pura y viva historia del surf de esta isla. Ian me contaba historias de hippies cuando eran jóvenes; viene de una familia muy humilde, su padre murió cuando él tenía quince años y su madre le preguntaba que cuándo encontraría un trabajo. Pero Ian quería ser granjero, quería tener su propio trabajo y ser su propio jefe y se empeñó en conseguirlo. A raíz de aprender de los granjeros para los que trabajaba y cambiar una serie de procesos de trabajo que quiso mejorar consiguió incluso comprarle las tierras a la gente para la que trabajaba y siguió creciendo.

Mientras, me contaba historias me enseñaba fotos de los años setenta surfeando por los destinos ahora más conocidos y que en aquel entonces no conseguían ni llegar hasta allí. A menudo iban a caballo desde las granjas y esperaban a que viniese alguien para entrar al agua juntos. Me contaba cómo en Raglan solo surfeaban ellos porque nadie más lo conocía y como hasta a él mismo un tiburón le probó el pie.

Yo soñaba con los ojos abiertos con cómo habría sido todo en una época anterior y en cómo sintetizar todo lo que estaba pasando. El hecho de ir en bici me hace llegar hasta gente increíble que son la esencia de este documental y que me encantaría describir minuciosamente pero es algo que no puedo hacer mientras siga con el viaje. Para mí es complicado el hecho de que muchas veces los testimonios de esta gente son lo que construyen la historia de este viaje pero no tengo espacio ni tiempo para contarlo todo. Quizá sí cuando acabe.

Había algo que me encantaba de Ian y es que era una persona muy honesta y muy atrevida. Había probado de todo en la vida para llegar a hacer lo que él quería. Hay mucha gente que no le considera granjero porque no tiene pinta. ¿Y cómo debería ser un granjero? Dice él. Para él hay muchas cosas y oficios de los que aprender.

Me devolvió a una de las casas que tiene por el campo y no usa nadie y me invitó a pasar la noche allí. Era una de esas casas que tiene alguna ventana medio tapiada, de 1.900, con visagras oxidadas y olor a otra época. A las seis de la tarde ya era de noche y yo estaba allí solo, en medio del campo, en una casa sin luz y sin señal para hacer llamadas. Lo mejor que podía hacer era irme a dormir y al día siguiente salir pronto destino el ferry para cruzar el puerto de Hokianga.

Por la mañana llegó Lester. Un granjero que trabaja para Ian. Una persona encantadora que por cierto fue jefe de Ian antes de que él le comprar la granja. Lester debía tener unos cincuenta años, con cara de muy buena persona y mirada muy atenta. Bastante culto y hablador, viajero y conocedor de la cultura de occidente a mi sorpresa.

Yo normalmente intento salir a pedalear pronto por las mañanas ahora en invierno, entre las siete y media y las ocho y media. Pero siempre me acabo enrollando con alguien y salgo a las nueve. En esta ocasión Lester y yo compartíamos mi espontáneo desayuno de tomate del día anterior arrugado y aceite de oliva en tostada sin tostar mientras repasábamos la geografía de la zona. Al marcharme, Lester me hizo prometerle una cosa: Que si me pasaba algo algún día, por pequeño que fuese, le llamara.

Retomé la marcha y pasé por el famoso e histórico Waipu Forest, uno de los bosques más antiguos de Nueva Zelanda y del mundo y donde crece el admirado Kauri tree. Kauri es un nombre maorí. Es un árbol que se ha utilizado históricamente en la cultura maorí y que se sigue utilizando actualmente para construir casas por ejemplo. Lo llamativo de los kauri trees es que son muy antiguos; hay uno en concreto que es el árbol más antiguo de toda Nueva Zelanda y que llega a medir más de cinco metros de diámetro.

Después de una serie de valles y ríos totalmente vestidos de invierno llegué a Hokianga. Por lo que se dice, es uno de los puertos donde llegaron los primeros maorís. Es difícil, por la manera en la que los maorís escribieron la historia, establecer cuál sería el primer asentamiento de la cultura maorí. Pero lo que está claro es que la región de Northland es tierra sagrada para ellos. El ochenta porciento de la población de esta región es maorí y para ellos esta tierra tiene un gran significado.
Al cruzar con el ferry y observar la tierra sagrada no podía evitar imaginar la llegada de los colonizadores europeos con sus barcos y el contraste con la cultura local.

Llegué al otro lado y parecía la tierra olvidada más que la tierra sagrada. No había ni un alma. Patos en los lagos, caballos en los prados, vacas en las laderas y cabras en las rocas pero casas ni personas no había ni media. Pensaba que me quedaba poco para llegar hasta Ahipara. Pero mi ilusión se venía abajo de pronto cuando vi en el mapa que había hecho unas cuantas curvas de más. Habían pasado varias horas y las cuestas me habían dejado destrozado. Parecía que cada vez quedaban más kilómetros y menos horas de luz. Llegué a Herekino, a unos diecisete kilómetros de Ahipara y ya no podía más. Tuve que pasar la noche en una granja para al día siguiente llegar a mi destino.

Al llegar a Ahipara salíó el sol, había olas, no hacía viento y el sitio era precioso. Una pequeñísima aldea pegada a una montaña que se extiende en forma de cabo y a donde las olas van llegando y creando  líneas perfectas que recorren metros y metros para ir a parar hasta la bahía conocida como Shipwreck bay donde se hundió un barco y todavía queda el mástil.
Estos días en Ahipara he surfeado más olas que en todo el viaje creo. La forma de este sitio hace que haya olas larguísimas por todos sitios; se puede caminar durante horas hasta la punta del cabo y las olas nunca terminan. He pasado unos días increíbles aquí y que os contaré en el próximo capítulo.

Espero que estéis viviendo y disfrutando de esta aventura tanto como yo lo estoy haciendo.
Todo lo que veis lo he grabado con un Nokia Lumia 1020, editado en una Surface Pro que llevo en una alforja y alojado en la nube con Office 365.

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