#dontfollowthisbike capítulo 17 Tongariro Crossing

IMG_2488

Capítulo 17, ya era hora de que me bajase de la bici y me subiese a algún monte. Todavía no había hecho una caminata de las clásicas de Nueva Zelanda. Así que me he hecho el Tongariro Alpine Crossing. Pero nada grave, a los dos días ya estaba dando pedales vuelta a la carretera de camino a Raglan para echarme al agua lo antes posible. Los que somos más de agua no estamos muy a gusto lejos del mar…

Mi amiga Rebekah, la fotógrafa del Waikato Times que conocí a través de Anita se plantó delante y me dijo: “tengo que proponerte algo”. Decía que ella siempre había querido subir el Tongariro Crossing. Y que además siempre había querido documentar algo así. Más ahora que trabajaba para un medio de comunicación y que podría publicarlo. Su idea era que yo escribiera el texto y ella hacía las imágenes. Sería un documental hecho a medias. “¿Qué te parece?” Me dijo. Y yo claro, contento como un perro cuando le enseñas la correa para ir a pasear y no puede dejar de dar saltos. Entonces me pidió que buscara un enfoque, que a ella escribir no le gusta, que encontrara algo interesante para venderle la historia al periódico.

Mientras, en la bici, le iba dando vueltas al tema y lo tenía claro: la historia de dos foto periodistas de partes opuestas del mundo que se conocen de casualidad y van a conquistar la cima del monte Tongariro. El tema les gustó y lo aceptaron. Al día siguiente venía a recogerme un coche del periódico y me llevaban hasta allí; donde nos invitaban a dormir al Plateau Lodge y nos cuidaban de maravilla para que todo saliese bien. Llegamos tarde para variar. Creo que a causa de la historia de los possums en la carretera.
Rainier nos recibió por la mañana, un tío muy auténtico. Sobre todo porque come hamburguesas al llegar a la cima en lugar de, como el resto, mini sandwich que sabe a aire. Tiene una empresa de turismo activo llamada Walking Legends y será nuestro guía para que no le falte contenido a nuestro reportaje.

Al llegar a las faldas del monte se pone a rezar en Maorí y nos cuenta la reciente actividad volcánica de la zona. A mí en realidad eso de que haya erupciones recientes no es que me asuste mucho, más bien me hace como ilusión. Ir caminando por ahí y poder ver una erupción, aunque sea una locura, me parecería la cosa más bestial que me ha pasado; así que por qué no. Y si muero en el intento, pues bueno, por lo menos lo he intentado haciendo algo que me gusta.

Como no, empiezan con nosotros la caminata un par de chicos de caras blancas y ropa colorida. Sí, son alemanes. Muy simpáticos y educados como siempre, pero sí. Están allí, hasta en el monte Tongariro.
Más adelante me encuentro con unos catalanes y al acabar me enrollo con unos de Ávila que están de luna de miel. Para mí encontrar españoles es una alegría, en Nueva Zelanda hay muy pocos….por fin puedo hablar un ratito de cómo echamos de menos tomarnos unas cañas, o salir de casa a las diez de la noche o no sé, por lo menos decir un par de expresiones que en inglés no sé cómo se dicen. Deben de pensar que soy el tío que más hablo del mundo pero claro no saben que llevo danzando por aquí cuatro meses totalmente inmerso en la cultura de los kiwis.

Aquello empieza a cambiar de paisajes y de repente entra un frío extremo que hace a más de uno darse la vuelta y volver para abajo. Estamos a 1.900 metros. Se empieza a empinar la cosa y el camino está helado.  Me recuerda a los Himalayas. Nunca he estado, pero me recuerda. Son picos muy altos por todos lados y gargantas profundas. Valles con forma de “U” que antiguamente eran glaciares. Rocas de muchos colores y tipos; con agujeros muy grandes porque al producirse las erupciones salen muy calientes de los volcanes y se enfrían muy rápido en el aire. Llevo varias capas, tengo un follón. Pienso en todas esas teorías que todo el mundo te recomienda y conoce tanto para cuando hace frío. Ya no sé si es mejor una capa y chaqueta de plumas, dos capas y cortaviento, cortaviento y chaqueta de plumas, y al final acabo metiéndome la camiseta por dentro; nada como tener los riñoncitos bien tapados. Camiseta por dentro significa máximo confort y cero frío. El resto es menos importante. Los labios y nariz los tengo como cuando tu madre te dejaba en el colegio dos horas antes de que empezaran las clases y estabas sentado con el culo pegado en el muro de obra frío como el acero; congelados vamos.

Llegamos a mitad del camino y nos encontramos con los lagos turquesas; Rainier no para de contar historias Maoríes de la zona. Para ellos esas montañas son sagradas; los europeos cuando llegaron tuvieron que pedir permiso para visitarlas. Me da la impresión de que no les hace mucha gracia que haya gente por ahí haciéndose fotitos pero bueno eso lo hace más interesante. Yo no puedo parar de preguntarle de dónde narices sale esa agua. Es rarísimo, me muero de curiosidad de saber si están ahí por la lluvia, si es agua que sale de los volcanes o qué demonios. Además de los lagos hay fumarolas, sí, como las que leías en los libros de texto de conocimiento del medio. Por fin ahí están, las famosas fumarolas echando un olor que apesta. Tengo que ir a probarlo, no me aguanto. El camino baja muy empinado, hay surcos profundos de donde sale vapor muy caliente, yo bajo a toda leche hasta el lago; quiero ir a tocar y probar el agua. Quiero ir a ver si sabe igual que huele. Huele todo a huevo podrido. Huele a una mezcla entre huevo podrido y mascletá. Ese olor de cuando acaban unos fuegos artificiales. Pero en lugar de en la plaza de luceros, en un parque natural en el país de la nube blanca, a 2.000 metros de altura y rodeado de lagos turquesas.
Al llegar al lago allí se está mejor, no hace tanto frío. Hay que parar a comer allí; ese sitio es el más molón de todo el parque natural.

Al retomar el camino pasamos por delante de varias fumarolas. A veces son pequeños agujeros en las rocas de donde sale vapor a toda presión, otras veces son cráteres más grandes y con agua hirviendo. El olor cada vez es más fuerte. Ya hemos pasado la mitad de la ruta y al fondo se ve el famoso lago Taupo. Todas las montañas que lo rodean tienen historia. Rainier se las sabe todas; son historias de amor entre ellas. Creo que no se podía pedir más. Estar allí contemplando tal belleza mientras alguien que parece vivir en los volcanes te cuenta cómo unas montañas se enamoran de otras y cómo las lágrimas del monte Taranaki crearon el río Whanganui al ser rechazado por el monte Tongariro. Yo mientras tanto, inmerso en una sensación de plenitud, me imagino a las montañas, por las noches, gritando de amor y trasladándose kilómetros, llevándose con ellas a sus ríos, piedras y bosques con ellas para ir a visitar a sus amantes.

Al día siguiente me despierto, de esto que ha parecido un sueño, en casa de Anita. Toda la piel, la nariz, el pelo huele muy intenso a volcán, a piedra, a hierro. Estoy todavía un poco en estado de shock después de todo lo que vimos el día anterior. Pero tengo que darme prisa, me esperan 60 kilómetros para llegar a Raglan, esta vez de verdad, sin coches, en mi bici. Y ahora el día es mucho más corto; tengo que estar allí antes de las cuatro para poder surfear.
Hago tiempo récord y antes de las 13:00 estoy ya casi allí y en mi hora del almuerzo. En una hora llego a Raglan. Llegar a Raglan no significa llegar y pillar olas. No, resulta que para llegar a las bahías donde rompe bien la ola hay una serie de cuestas que las han puesto como a propósito para que te lo pienses dos veces. Paso el pueblo, la gente se ríe un poco de todo mi tinglao, paso la ría, cruzo el puente, subo veinticinco cuestas y llego a la cima. Desde allí se ve la ría perfectamente y cómo las olas están rompiendo por todas partes. Me pongo en posición culo salido y bajo a toda leche hasta el mar.
Las olas están rompiendo bastante cerca de la costa así que dejo la bici enfrente de donde voy a estar surfeando, no creo que a nadie se le ocurra llevarse semejante trasto.

Y entonces vuelve a empezar la historia. Se me planta un tío delante que me dice  “¿qué tal en Wanaka con mi padre?”. ¡No me lo podía creer!, era Lyndon, ¡el hijo de Mark! Con quien estuve viviendo en Wanaka y surfeando en sur. Mark me había hablado tanto de él y yo tenía tantas ganas de conocerle…el tío ha competido durante diez años en los juegos olímpicos como esquiador con la selección neozelandesa, y su hermana también. Son unos portentos y me moría de ganas de encontrármelos.

Así que una vez más, la aventura me sonríe y ya tengo con quien echarme al agua y disfrutar de esta suerte que me ha tocado. Estoy en Raglan, por fin. Y para quedarme una semana o lo que haga falta hasta surfear olas perfectas.

Ahora solo me queda agradecer y devolverle al mundo una sonrisa por todo lo que me está pasando, por todas aquellas personas que me ayudan y por todas aquellas que necesitan ayuda.

¡Espero que estéis viviendo y disfrutando de esta aventura tanto como yo lo estoy haciendo!
Para mí es un privilegio poder hacer de esta pasión un trabajo y que gracias al apoyo de marcas como Microsoft este sueño sea realidad. Todo lo que veis lo he grabado con un Nokia Lumia 1020, editado en una Surface Pro que llevo en una alforja y alojado en la nube con Office 365.

¡Gracias a todos los que hacéis posible que esto funcione!
Seguidme en
http://www.youtube.com/atilamadrona
www.facebook.com/atilamadrona
www.instagram.com/atilamadrona

www.Twitter.com/atilamadrona


Y suscríbete a este canal para ver todos los capítulos que voy poniendo.

Anuncios

2 comentarios en “#dontfollowthisbike capítulo 17 Tongariro Crossing

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s