#dontfollowthisbike capítulo 16 Hamilton y Raglan

Capítulo 16; no he pedaleado mucho pero lo más importante: he hecho surf en Raglan. Vaya nervios. Raglan, solo de decir la palabra me entra como cuando vas a hacer el examen de mates, que sabes que o te copias de alguien o no lo conseguirás. Pues parecido. Suerte que tengo de que un local con un cigarro en la boca se hizo amigo mío y me llevó hasta el sitio por donde él entra siempre. Yo estaba descojonado de que el tío llevaba el cigarro en la boca incluso después de saltar de la roca.

Bueno, yendo al núcleo de la cuestión, he hecho solo 80kms esta semana. Lo que significa que, agarraos a la silla, ya llevo hechos 4.000kms. Es como si me hubiera ido de Alicante a Galicia en bici ida y vuelta un par de veces. Visto así no está mal, ¿no?
Después de quejarme como un niño pequeño por las cuestas de este país de las carreteras con más desnivel de la historia, llegué a Oparau Road House. Mi idea no era otra que comerme algo, lo que fuese, y llegar hasta Kawhia para al día siguiente llegar a Raglan. Pero los planes cambiaron de rumbo.

Al llegar a Oparau conozco a Jude. Aparco al lado de su pick up color lata oxidada echo polvo. Dentro hay un perro de los que no ladran a través de la ventana sino que mueven el rabo al verte. Entonces yo meto mi mano a través del pequeño hueco que hay en la ventana. Hay que ponerla como en forma de cono para que entre, y roza bastante, quizá se me quede dentro, pero hay una razón que merece la pena y que no puedo controlar: tocar al perro. Mi amigo Pablo dice que algún día me morderá uno; pero nunca me ha pasado. Si veo un perro tengo que tocarlo. Pase lo que pase.
Entonces llega Jude y creo que le hace gracia verme con medio brazo metido dentro de su coche. Lleva un helado gigante, mientras habla conmigo se le está derritiendo y la vainilla le va goteando en los pies descalzos.
Como ve que me gustan los perros me empieza a hacer una serie de preguntas que me desconciertan un poco. Y acaba ofreciéndome cuidar su casa en el campo con sus perros y animales porque a ella la van a operar de un ojo y va a estar unas semanas fuera. Bueno, mi para empieza bien.

A todo esto, ya son las 16:30, me quedan 15kms para Kawhia y todavía estoy delante del helado de vainilla. Me despido de Jude, le doy las gracias y entro a Oparau Road House. Hay un cartel enorme que dice “home made pies”. Un pastel de carne no es lo que más apetece montando en bici pero bueno, si lo hacen casero puede que sea un buen tentenpié pienso.
También hay surtidores de gasolina, un par de todo terrenos enormes y un motero vestido de cuero con cara de mala leche que me saluda. Entro, a mi derecha hay souvenirs. Como cuando vas por Albacete y hay todo tipo de navajas pero con cosas de aquí. Está todo repleto de cosas; hay una señora jugando a la lotería. Hay fotos como de viajeros colgadas por las paredes, banderas de muchos países, piedras con formas curiosas, perritos calientes, cookies, un supermercado y un hombre en la caja, Bill, que se apresura a hablar conmigo. “¿Eres el español de la bici con la tabla de surf?”. Me empiezo a reír y me dice que los coches que han estado llegando le han contado que me han visto por ahí perdido subiendo cuestas.
Me abre un libro enorme y me da un boli, me dice que solo tengo que firmar y que me quede a dormir con ellos el tiempo que haga falta.

Al final acabo pasando en Oparau unos cuatro días. Es un sitio de carretera donde poder repostar y comer algo y donde acogen a turistas porque les gusta.
Me hago amigo de Bill, por las noches nos comemos las sobras de los pasteles de carne que no se han vendido y hablamos de Nueva Zelanda y de cosas divertidas. Una de esas noches me trae un papel y me dice que lo lea. Es un email, el remitente tiene apellidos como holandeses. Entre líneas leo algo así como que ya han pasado diez años desde que estuvieron de visita y que, como les había tratado mejor que en ningún sitio, les invitaban (a Bill y su familia) a pasar unos días en la casa de vacaciones que se han comprado enfrente del mar.
Bill me dice es por eso que todavía tiene este negocio. Dice que ha conocido a gente increíble durante toda su vida. Que lleva haciéndolo veinticinco años y que no quiere cambiarlo. “El día que tenga que cobrar porque os quedéis a dormir entonces venderé el negocio”. “En Nueva Zelanda nos enseñan a confiar en la gente, a veces los turistas no os podéis creer que las cosas sean gratis; porque a vosotros parece que os han enseñado a no fiaros de nadie” y pasamos un buen rato hablando de esto.
Él dice que antes era un poco diferente. La gente que se quedaba a dormir se acercaba a hablar con él más que ahora. Y yo, intrigado por ese horrible “antes era diferente” que siempre nos dicen a nuestra generación, le acribillo a preguntas. Es verdad, ¿Por qué todo el mundo nos dice siempre que “antes era diferente”?
Bill me dice que él se imagina que en las vidas ajetreadas de ciudad vive mucha gente, muchos vecinos y que quizá no tengas tiempo de hablar con el de al lado o incluso no te fíes de él. No sé, yo prefiero no pensar en que eso sea verdad. Creo que Bill no sabe lo divertido que es coincidir con un vecino en el ascensor y que un olor a pedo que nadie sabe de dónde viene te haga provocar conversaciones fantásticas.

Al cabo de unos días Anita me escribió y me dijo que sería genial poder ir a su colegio en Hamilton a contar mi viaje. Ella es profe de fotografía y arte y decía que mi proyecto sería una motivación genial para sus alumnos.
Así que no me lo pensé mucho y en lugar de llegar a Raglan, me volvía a alejar. Pero merecería la pena pensé.
Llegué a casa de Anita. Estaba en su jardín, muy típico de Nueva Zelanda, con sus tomates, su árbol de Feijoas y sus calabacines.
Anita es la positividad en persona. Es divertidísima, abierta, habladora hasta decir basta como yo y además va en bici al cole. La noche que llegué a su casa estuvimos hablando y me quedé con una frase que me hizo mucha gracia y es que ella dice que ser vieja es lo mejor que le ha pasado. Que nunca se había sentido tan libre como ahora en toda su vida.
Luego, al caer el sol, me llevó al río de Hamilton porque a esa hora se ven las luciérnagas en esta época. Estuvimos paseando de noche, entre los árboles, al lado del río, junto a los puntitos de luz que alumbraban el camino.
Por la mañana fuimos a su cole, “Hillcrest high school”, en bici. Se dedicó a decirle a todo el mundo que encontramos por el camino que me estoy dando la vuelta a Nueva Zelanda en bici. Hasta el punto de que me dio vergüenza y todo. Llegamos al “staff room” a la reunión de por las mañanas y el director del cole cedió la palabra a Anita porque sabía que quería comentar algo. Y no se lo ocurrió otra cosa que decir “bueno Chino, mejor habla tu y lo cuentas tú”. Y allí estaba yo, delante de no sé, alrededor de 100 profesores (con el volumen de las risas de fondo que se oyen en el vídeo os hacéis una idea) contando lo que estaba haciendo.
Me trabé un poco de los nervios y se rieron bastante. Después de mi brillante discurso los profes me saludaban por los pasillos. Los niños me paraban para preguntarme que a dónde iba con esa bici y la tabla.
Era divertidísimo. Volví a recordar esa sensación de estar en el cole; de salir a comerte el bocata en el recreo y estar con toda tu pandilla. Me acordé de cuando a veces venía alguien a clase a contar algo y le mirabas con tanta emoción e interés mientras pasaban por tu cabeza todo tipo de ideas y sueños que quizá algún día se harían realidad.
Estuve en clase de fotografía, en clase de arte, en clase de español y en todas con varios turnos.
Les conté cómo hacer de tus aficiones un trabajo y cómo hice para que las marcas me apoyaran. Les conté cómo contacté con Microsoft para plantearles este proyecto y cómo funciona un patrocinio; por lo menos lo poco que yo conozco.
Pensé que podía ser una buena herramienta que les ayudaría a empezar por algún sitio. Muchas veces nos enseñan la teoría pero no nos enseñan cómo hacer para vivir de ello.
A la 13:00 de la tarde estaba totalmente molido. Con la emoción de hablar con los niños y enseñar los vídeos estaba cansadísimo.

Lo más gracioso de todo: algunos niños iban descalzos. Fui a preguntarles por qué. Me decían que es que se les habían olvidado ese día. Le pregunté a Anita si era normal. Dice que prefieren que los lleves pero que no pasaba nada si un día se te habían olvidado. ¿Os imagináis ir descalzo en un cole español? puede que te manden a darle vueltas corriendo al cole durante una semana.
A las clases en las que yo estaba contando mi historia podía unirse la gente. Las clases están abiertas. Los niños entran en silencio y se unen si les apetece. Durante el recreo también puedes quedarte trabajando si quieres. Por los pasillos iban en patinete y en los espacios abiertos estaban patinando en skate. Por la mañana les pregunté y me dijeron que traían el skate casi todos los días y patinaban un ratito antes de entrar a clase y en los recreos.
Los profes se portaron genial conmigo y solo puedo que agradecer a todos un día tan divertido. Me encantó estar allí, fue una experiencia muy emocionante. Ahora quiero ser profesor…jajaja.
Gracias a Anita he podido desayunar tostadas calentitas, dormir en una cama de esas en las que el colchón está blandito por arriba y no puedes salir de ahí por las mañanas. Hemos pasado unos días muy divertidos juntos.

Como la suerte me persigue en este viaje, gracias a Rebekah, la amiga de Anita, pude ir a surfear en coche a Raglan.
Rebekah trabaja como fotógrafa en el Waikato Times. Un periódico bastante grande de la región. Fui a ver la redacción, estuve con todos ellos, me enseñaron las antiguas rotativas que todavía están allí y se quedaron como a medias. Todavía hay periódicos en la máquina y la tinta aun está húmeda. ¡Las rotativas! algo que siempre había leído pero nunca había visto. Allí estaba, una máquina gigante llena de cositas y botones divertidos.
Además fui con ellos a cubrir el ANZAC day. Es una conmemoración a las familias afectadas por las muertes de la segunda guerra mundial. En todos los pueblos y ciudades de Nueva Zelanda se queda a las 6:00 de la mañana en el “War memorial” y se hace una misa y una serie de tradiciones que estuve grabando y documentando y que os contaré en el próximo capítulo.

Y ahora sí, después de escribir estas líneas, y cuando deje de llover, me voy a Raglan definitivamente. Este capítulo 16 empieza cuando me encontré de casualidad con Gordi. Un amigo que pertenece a los Christian Surfers y que vive allí. Así que mucho me temo que tengo otro sitio donde quedarme estos días.
Ahora solo me queda agradecer y devolverle al mundo una sonrisa por todo lo que me está pasando, por todas aquellas personas que me ayudan y por todas aquellas que necesitan ayuda.

¡Espero que estéis viviendo y disfrutando de esta aventura tanto como yo lo estoy haciendo!
Para mí es un privilegio poder hacer de esta pasión un trabajo y que gracias al apoyo de marcas como Microsoft este sueño sea realidad. Todo lo que veis lo he grabado con un Nokia Lumia 1020 y editado en una Surface Pro que llevo en una alforja.

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2 comentarios en “#dontfollowthisbike capítulo 16 Hamilton y Raglan

  1. Qué bonita tu visita al colegio!. Qué experiencias de vida tan enriquecedoras….leemos todos tus capítulos y te seguimos sin pausa!!!. El mundo está lleno de gente maravillosa, como tu!. Uno recoge lo que siembra. Mucho ánimo y mil besos de lis tres!. Nano, Lu y mios

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