#dontfollowthisbike capítulo 12 desde Whanganui hasta Opunake

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Capítulo 12. Creo que todo lo que no me llegó durante la semana del capítulo 11 me ha llegado de golpe en el capítulo 12. Así es esto, a veces toda la suerte de una vez, otras lluvia y frío y al mal tiempo buena cara 🙂
A pesar de que no he parado de encontrarme a gente que me quería llevar hasta Opunake, he hecho esta semana unos 150 kilómetros.

Todo comenzó cuando conocí a Cristian, “El negro”, en el espigón de Whanganui. Yo estaba allí mirando al mar con cara de niño enfadado porque no había olas. A mi lado un coche que también miraba al mar y un chico dentro. Cuando los días están nublados y encuentras a alguien mirando al mar seguramente es porque sea surfero, pescador, buceador o alguien que se mete al agua a menudo. Y es que, como digo siempre, no sé que sería de mi en este viaje sin el surf. “El mar es lo más rico que hay en toda la costa, aquí y en todas las partes. Al mar hay que respetarlo”. (Documental Chileno “El mar mi alma”)

“El negro” me acogió en su familia con su mujer Úrsula y los niños como si yo fuera uno más. Él supo esperar y llevarme al sitio bueno. Estuvimos cogiendo olas muy buenas por fin juntos en Whanganui. “Ha salido el sol, el mar estaba tranquilo, con olas perfectas. El atardecer coloreaba de rojo los volcanes de la región de Taranaki. Y yo, feliz”

Entonces empecé a cogerle cariño al espigón de Whanganui y a aquella playa totalmente salvaje, abandonada, llena de troncos y tan auténtica. Ir allí a pasar el día era lo más divertido que podías hacer. Conocí a “Utonga” con quien estuve hablando de la poca historia que sé durante toda la mañana mientras esperábamos a una Waka llegar. Me encanta oír la historia de Nueva Zelanda contada por Maories. Simplemente es que es una versión totalmente diferente a la de los colonos.

Me hubiese quedado allí toda la semana pero tenía que seguir con el camino. Además daban mal tiempo para los próximos días así que tenía que continuar con el camino. Entonces me adelanta una furgoneta enorme pitándome. Pitaba demasiado y puso el intermitente así que sospeché que me conocía. Se bajó un chico gritándome que yo no conseguía reconocer. Al acercarme me di cuenta de que era Arnaud. Un chico francés que se vino a vivir a Nueva Zelanda para vender las bicicletas eléctricas que el fabrica y que conocí en Waikanae unos días atrás en la feria de hogar y jardín sostenible. “Sabía que te encontraría, sabía que te encontraría” me decía.
Me estuvo contando su increíble historia de tres carreras hechas en “La Sorbona” de París.

Sus curros por todas partes del mundo, el tío había sido de todo y hecho de todo. Solo con 24 años ya había tenido más curros que todos mis colegas juntos. En la embajada de Argentina, en Casablanca, en no sé dónde y al final viniéndose a vivir a Nueva Zelanda para estar tranquilo y vender bicis que es lo que más le gustaba. Me decía que yo le tenía sorprendido con mi viaje. Yo me sentía un ignorante total ante un tío que ha hecho tantas cosas. Pero resultaba ser muy divertido, cada uno con nuestra historia y contándonos de todo mientras nos acercábamos cada vez más al paraíso de las olas.

Él se desvió hacia New Plymouth y yo me quedé en Hawera. Estaba lloviendo, la playa a 6km. Como había tenido ya tanta potra en el viaje pensé que si me arriesgaba en llegar hasta la playa volvería a tener suerte y habría olas. Llegué y no encontré la forma de bajar hasta el mar. No había nadie; el mar estaba ordenado, había olas seguro en algún sitio. Mientras pensaba qué hacer me acerqué a hablar con alguien; porque otra cosa no pero eso sí se me da bien.
Allí estaba Julie, una mujer de unos 55 años que vivía en un autobús. Acabó contándome su historia y me saltaron las lágrimas. Julie estuvo viajando y viviendo por Nueva Zelanda con su pareja durante 10 años en un barco. En cuestión de cinco meses su marido falleció a causa de la leucemia. Ella decía que se le hacía muy raro volver a un sitio fijo a vivir y que por eso se compró el autobús; para vivir sobre la marcha.
Acabamos hablando un buen rato y riendo mucho. Me despedí de ella para ir a buscar las olas.

Volví al pueblo de Hawera para conectar de nuevo con la carretera y buscar otra playa. Entonces apareció Dean. El tío flipó tanto cuando vio mi bici con la tabla que me invitó a su casa. Me dijo que ellos tenían un camping y que me podía quedar con ellos. Me dijo no se lo digas a nadie, pero la cabina número 1 está libre, te puedes quedar allí.
Dean me hacía muchas preguntas del surf y por lo que decía parecía un tío que había surfeado mucho. Tenía una pierna amputada a causa de una enfermedad que causa el tabaco. Me dijo que me preparase que me iba a llevar a una buena ola. La suerte de mi lado otra vez.
Mientras llegábamos a la ola, cerca de Manaia, me contó que durante los 70 él y Phil lo único que hacían era surfear. La región de Taranaki está llena de olas buenísimas por todos lados. Ellos eran panaderos ambos y salían de trabajar muy pronto para ir al agua todos los días. Ahora decían que ya lo habían disfrutado mucho en su vida y que esa época pasó.
Para mí era como una historia de las películas de surf; aquellas olas que no surfeaban nadie y solo unos pocos conocían, pero la realidad es que esto sigue todavía así. Hay olas vacías por todos lados, grandes caminos que recorrer para llegar, granjas que atravesar y gente simpatiquísima siempre.

En Hawera estuve a cuerpo de rey; Birnie, la mujer de Dean, quería que estuviese en casa con ellos el mayor tiempo posible. No paraba de querer invitarme a todo, de llevarme de excursión por el pueblo, a conocoer a sus hijos, a Phil y a su fábrica de pasteles de carne y a tratarme como uno más. Tenían un perro muy gracioso con el que yo me pasaba el día entero tirado en el suelo jugando; creo que eso también les hacía ilusión. Yo perro que veo perro que toco.

La guinda del pastel fue cuando llegó Phil y me preguntó que si me gustaba volar. Le dije que prefería ver la televisión claro, pero no se resistió a invitarme a dar un paseo. Volamos por encima de todas las famosas olas de la región de Opunake. Green Medows, Cawpoc, Stentroad… y hasta me dejó llevar la avioneta. Nunca hubiera imaginado que eran tan sensibles. Solo con darle un poquito al pie aquello giraba muchísimo. Ya os podéis imaginar las ganas que tenía yo de ponerme a hacer volteretas y cualquier tipo de maniobra jajaja pero Phil me decía “keep it smooth”.
Llegaba una tormenta de las buenas y yo quería llegar a Opunake así que me puse todos los instrumentos de lluvia que tengo encima y me comencé a pedalear. A los 5 kilómetros estaba tan mojado por dentro que parecía que me habían metido en una bañera. Había muchos caminos hacia el mar antes de llegar a Opunake; desde el avión había intentado memorizar aquellos sitios pero una vez en la carretera era imposible. Probé suerte por un camino que me sonaba me había explicado Phil. Y me crucé con George y Ben con un pick up enorme. Se pararon y me dijeron que iban a Opunake a pillar olas, que me fuera con ellos porque me llevaban e iba a haber buenas olas.

Aparcamos cerca del pueblo, se veían olas enormes desde cualquier acantilado al que nos asomábamos. Buscamos una ola que no tuviera gente, caminamos durante una media hora por camino de piedras entre el mar y las vacas de una granja y llegamos a lo que yo llevaba tanto tiempo esperando. Ahí estaban las derechas rompiendo una detrás de otra y sin nadie en el agua.

Con la tormenta que venía y sin conocer la zona pensé que iba a tardar mucho en llegar a encontrar esto pero George y Ben me lo pusieron muy fácil.

Y aquí estoy ahora, en Opunake; el paraíso de las olas. El invierno ha llegado. Ellos van en manga corta pero yo llevo pantalón largo con leotardos, camisa de algodón y chaqueta. Todo sea por surfear buenas olas.

Lo que me pregunto ahora muchas veces es de qué manera conseguiré agradecer y corresponder a todas las cosas que Nueva Zelanda me está regalando…

¡Espero que estéis viviendo y disfrutando de esta aventura tanto como yo lo estoy haciendo!
Para mí es un privilegio poder hacer de esta pasión un trabajo y que gracias al apoyo de marcas como Microsoft este sueño sea realidad. Todo lo que veis lo he grabado con un Nokia Lumia 1020 y editado en una Surface Pro que llevo en una alforja. Los vídeos y las fotos los guardo en OneDrive porque al tener una cuenta de Office 365 te dan muchísimo espacio en la nube. Lo digo para todos aquellos que viajéis, es una forma muy sencilla de almacenar todo el material de un viaje.

¡Gracias a todos los que hacéis posible que esto funcione!

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Music:
Kathleen Martin – Cantique_de_Nol
Trans Alp – Gnossienne N1
Choc Quib Town – Pescano Venenosa

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